Por : John P. Foley
INTRODUCCIÓN
1. El uso que la gente hace de los medios de comunicación social puede producir efectos positivos o negativos. Aunque se dice comúnmente —y lo diremos a menudo aquí— que en los medios de comunicación social « cabe de todo », no son fuerzas ciegas de la naturaleza fuera del control del hombre. Porque aun cuando los actos de comunicación tienen a menudo consecuencias no pretendidas, la gente elige usar los medios de comunicación con fines buenos o malos, de un modo bueno o malo.
Estas opciones, importantes para el aspecto ético, no sólo las realizan quienes reciben el mensaje —espectadores, oyentes y lectores—, sino especialmente quienes controlan los medios de comunicación social y determinan sus estructuras, sus políticas y sus contenidos. Incluyen a funcionarios públicos y ejecutivos de empresas, miembros de consejos de administración, propietarios, editores y gerentes de emisoras, directores, jefes de redacción, productores, escritores, corresponsales y otras personas. Para ellos, la cuestión ética es particularmente importante: los medios de comunicación social ¿se usan para el bien o para el mal?
2. El impacto de la comunicación social es enorme. Por medio de ella la gente entra en contacto con otras personas y con acontecimientos, se forma sus opiniones y valores. No sólo se transmiten y reciben información e ideas a través de estos instrumentos, sino que a menudo las personas experimentan la vida misma como una experiencia de los medios de comunicación social (cf. Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Aetatis novae, 2).
La evolución tecnológica está teniendo como consecuencia inmediata que los medios de comunicación resulten cada vez más penetrantes y poderosos. « La llegada de la sociedad de la información es una verdadera revolución cultural » (Pontificio Consejo para la Cultura, Para una pastoral de la cultura, 9); y las innovaciones deslumbrantes del siglo XX pueden haber sido sólo un preludio de lo que traerá consigo este nuevo siglo.
El alcance y la diversidad de los medios de comunicación accesibles a la gente en los países ricos ya son asombrosos: libros y periódicos, televisión y radio, películas y vídeos, grabaciones y comunicaciones electrónicas transmitidas por radio, cable, satélite e Internet. Los contenidos de esta vasta difusión van desde las noticias rigurosas hasta el mero entretenimiento, desde las oraciones hasta la pornografía, desde la contemplación hasta la violencia. La gente, dependiendo de cómo usa los medios de comunicación social, puede aumentar su empatía y su compasión o puede encerrarse en un mundo narcisista y aislado, con efectos casi narcóticos. Ni siquiera los que rehúyen los medios de comunicación social pueden evitar el contacto con quienes están profundamente influidos por ellos.
3. Además de estas razones, la Iglesia tiene sus propios motivos para estar interesada en los medios de comunicación social. La historia de la comunicación humana, vista a la luz de la fe, puede considerarse como un largo camino desde Babel, lugar y símbolo del colapso de las comunicaciones (cf. Gn 11,4-8), hasta Pentecostés y el don de lenguas (cf. Hch 2,5-11), cuando se restableció la comunicación mediante el poder del Espíritu Santo, enviado por el Hijo. La Iglesia, enviada al mundo para anunciar la buena nueva (cf. Mt 28,19-20; Mc 16,15), tiene la misión de proclamar el Evangelio hasta el fin de los tiempos. Hoy sabe que es preciso usar los medios de comunicación social (cf. Concilio Vaticano II, Inter mirifica, 3; Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 45; Juan Pablo II, Redemptoris missio, 37; Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Communio et progressio, 126-134, Aetatis novae, 11).
La Iglesia también se reconoce a sí misma como una communio, una comunión de personas y comunidades eucarísticas, que « se fundamenta en la comunión íntima de la Trinidad » (Aetatis novae, 10; Congregación para la Doctrina de la Fe, Algunos aspectos de la Iglesia entendida como comunión). En efecto, toda la comunicación humana se basa en la comunicación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Más aún, la comunión trinitaria llega hasta la humanidad: el Hijo es la Palabra, « pronunciada » eternamente por el Padre; y en Jesucristo y por Jesucristo, Hijo y Palabra hecha carne, Dios se comunica a sí mismo y comunica su salvación a los hombres y mujeres. « Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo » (Hb 1,1-2). La comunicación en la Iglesia y por medio de ella encuentra su punto de partida en la comunión de amor entre las Personas divinas y en su comunicación con nosotros.
4. La Iglesia asume los medios de comunicación social con una actitud fundamentalmente positiva y estimulante. No se limita simplemente a pronunciar juicios y condenas; por el contrario, considera que estos instrumentos no sólo son productos del ingenio humano, sino también grandes dones de Dios y verdaderos signos de los tiempos (cf. Inter mirifica, 1; Evangelii nuntiandi, 45; Redemptoris missio, 37). La Iglesia desea apoyar a los profesionales de la comunicación, proponiéndoles principios positivos para asistirles en su trabajo, a la vez que fomenta un diálogo en el que todas las partes interesadas —hoy está implicada una gran parte de la humanidad— puedan participar. Estos propósitos constituyen la razón de ser del presente documento.
Lo decimos una vez más: los medios de comunicación social no hacen nada por sí mismos; son únicamente instrumentos, herramientas que la gente elige usar de uno u otro modo. Al reflexionar en los medios de comunicación social, debemos afrontar honradamente la cuestión « más esencial » que plantea el progreso tecnológico: si, gracias a él, la persona humana « se hace de veras mejor, es decir, más maduro espiritualmente, más consciente de la dignidad de su humanidad, más responsable, más abierto a los demás, particularmente a los más necesitados y a los más débiles, más disponible a dar y prestar ayuda a todos » (Juan Pablo II, Redemptor hominis, 15).
Damos por supuesto que la gran mayoría de las personas dedicadas con toda su capacidad a la comunicación social es gente consciente que quiere hacer las cosas como se debe. Los funcionarios públicos, los políticos y los ejecutivos de empresas desean respetar y promover el interés público, tal como lo entienden. Los lectores, los oyentes y los telespectadores quieren emplear bien su tiempo, con miras a un crecimiento y un desarrollo personales que les permitan llevar una vida más feliz y más productiva. Los padres sienten la inquietud de saber si lo que entra en sus hogares a través de los medios de comunicación social es beneficioso para sus hijos. Los comunicadores más profesionales desean usar sus talentos para servir a la familia humana, y están preocupados por las crecientes presiones económicas e ideológicas tendentes a bajar los modelos éticos presentes en numerosos sectores de los medios de comunicación social.
Los contenidos de las innumerables opciones hechas por todas esas personas en relación con los medios de comunicación social se diferencian de un grupo a otro y de una persona a otra; pero todas las opciones tienen su peso ético y están sometidas a una evaluación ética. Para elegir correctamente, es necesario que quienes eligen « conozcan las normas del orden moral en este campo y las lleven fielmente a la práctica » (Inter mirifica, 4).
5. La Iglesia aporta diversos elementos a esta cuestión.
Aporta una larga tradición de sabiduría moral, enraizada en la revelación divina y en la reflexión humana (cf. Juan Pablo II, Fides et ratio, 36-48). Una parte de esa tradición está formada por un conjunto fundamental y creciente de doctrina social, cuya orientación teológica es un importante correctivo tanto para la « solución atea, que priva al hombre de una parte esencial, la espiritual, como para las soluciones permisivas o consumistas, las cuales con diversos pretextos tratan de convencerlo de su independencia de toda ley y de Dios mismo » (Juan Pablo II, Centesimus annus, 55). Más que pronunciar simplemente un juicio pasajero, esta tradición se ofrece a sí misma al servicio de los medios de comunicación social. Por ejemplo, « la cultura de la sabiduría, propia de la Iglesia, puede evitar que la cultura de la información, propia de los medios de comunicación, se convierta en una acumulación de hechos sin sentido » (Juan Pablo II, Mensaje para la XXXIII Jornada mundial de las comunicaciones sociales de 1999, n. 3).
La Iglesia también aporta algo más en esta cuestión. Su contribución especial a las realidades humanas, incluyendo el mundo de las comunicaciones sociales, es « precisamente el concepto de la dignidad de la persona, que se manifiesta en toda su plenitud en el misterio del Verbo encarnado » (Centesimus annus, 47). Como afirma el Concilio Vaticano II, « Cristo el Señor, Cristo el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación » (Gaudium et spes, 22).
LA COMUNICACIÓN SOCIALAL SERVICIO DE LA PERSONA HUMANA
6. La Instrucción Pastoral sobre las comunicaciones sociales Communio et progressio, en continuidad con la Constitución Pastoral del Concilio sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes (cf. nn. 30-31), subraya que los medios de comunicación están llamados a servir a la dignidad humana, ayudando a la gente a vivir bien y a actuar como personas en comunidad. Los medios de comunicación realizan esa misión impulsando a los hombres y mujeres a ser conscientes de su dignidad, a comprender los pensamientos y sentimientos de los demás, a cultivar un sentido de responsabilidad mutua, y a crecer en la libertad personal, en el respeto a la libertad de los demás y en la capacidad de diálogo.
La comunicación social tiene un inmenso poder para promover la felicidad del hombre y su realización. Sin pretender dar más que una visión de conjunto, presentamos aquí, como hemos hecho en otro documento (cf. Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Ética en la publicidad, 4-8), algunos beneficios económicos, políticos, culturales, educativos y religiosos.
7. Económicos. El mercado no es una norma de moralidad o una fuente de valores morales, y se puede abusar de la economía de mercado; pero el mercado puede servir a la persona (cf. Centesimus annus, 34), y los medios de comunicación desempeñan un papel indispensable en una economía de mercado. La comunicación social sostiene los negocios y el comercio, contribuye a estimular el progreso económico, el empleo y la prosperidad, promueve mejoras en la calidad de los bienes y servicios existentes y el desarrollo de otros nuevos, fomenta la competencia responsable con vistas al interés público, y permite que la gente haga opciones informadas, dándole a conocer la disponibilidad y las características de los productos.
En resumen, los complejos sistemas económicos nacionales e internacionales actuales no podrían funcionar sin los medios de comunicación. Si se prescindiera de ellos se derrumbarían las estructuras económicas fundamentales, con gran perjuicio para numerosas personas y para la sociedad.
8. Políticos. La comunicación social beneficia a la sociedad, facilitando la participación informada de los ciudadanos en los procesos políticos. Los medios de comunicación unen a la gente en la búsqueda de propósitos y objetivos comunes, ayudándoles así a formar y apoyar auténticas comunidades políticas.
Los medios de comunicación son indispensables en las sociedades democráticas actuales. Proporcionan información sobre cuestiones y hechos, sobre funcionarios y candidatos a cargos públicos. Permiten que los líderes se comuniquen rápida y directamente con el público sobre asuntos urgentes. Son importantes instrumentos de responsabilidad, llamando la atención sobre la incompetencia, la corrupción y los abusos de confianza, a la vez que ponen de relieve los casos de competencia, espíritu cívico y cumplimiento del deber.
9. Culturales. Los medios de comunicación social facilitan el acceso de la gente a la literatura, al teatro, a la música y al arte, que de otro modo serían inasequibles para ella, y promueven así un desarrollo humano respetuoso del conocimiento, la sabiduría y la belleza. No hablamos sólo de representaciones de obras clásicas y de los frutos de la erudición, sino también de espectáculos populares sanos y de información útil que reúne a las familias, ayuda a la gente a resolver los problemas diarios, eleva el espíritu de las personas enfermas, solas y ancianas, y alivia el tedio de la vida.
Los medios de comunicación también hacen posible que los grupos étnicos se estimen y celebren sus tradiciones culturales, compartiéndolas con los demás y transmitiéndolas a las nuevas generaciones. En particular introducen a los niños y a los jóvenes en su patrimonio cultural. Los comunicadores, como los artistas, sirven al bien común preservando y enriqueciendo el patrimonio cultural de las naciones y los pueblos (cf. Juan Pablo II, Carta a los artistas, 4).
10. Educativos. Los medios de comunicación son importantes instrumentos de educación en diferentes ámbitos, desde la escuela hasta el lugar de trabajo, y en muchas etapas de la vida. Los niños que son iniciados en los rudimentos de la lectura y las matemáticas; los jóvenes que procuran realizar su formación vocacional o quieren conseguir títulos de estudio; y los ancianos que quieren aprender nuevas cosas en sus últimos años: éstos, como muchos otros, gracias a los medios de comunicación, tienen acceso a un rico y creciente tesoro de recursos educativos.
Los medios de comunicación son instrumentos educativos normales en muchas aulas. Y, más allá de las paredes del aula, los medios de comunicación, incluida Internet, superan las barreras de la distancia y el aislamiento, ofreciendo la oportunidad de aprender a pobladores de áreas remotas, a los religiosos en conventos, a las personas obligadas a permanecer en su hogar, a los detenidos, y a muchos otros.
11. Religiosos. La vida religiosa de mucha gente se enriquece mucho gracias a los medios de comunicación, que transmiten noticias e información de acontecimientos, ideas y personalidades del ámbito religioso, y sirven como vehículos para la evangelización y la catequesis. Diariamente proporcionan inspiración, aliento y oportunidades de participar en funciones litúrgicas a personas obligadas a permanecer en sus hogares o en instituciones.
A veces los medios de comunicación también contribuyen de un modo extraordinario al enriquecimiento espiritual de las personas. Por ejemplo, es incontable en todo el mundo el número de personas que ven y, en cierto sentido, participan en importantes acontecimientos de la vida de la Iglesia televisados regularmente por satélite desde Roma. Y a lo largo de los años los medios de comunicación han llevado las palabras y las imágenes de las visitas pastorales del Santo Padre a miles de millones de personas.
12. En todos estos ámbitos —económico, político, cultural, educativo y religioso—, y en otros más, los medios de comunicación pueden usarse para construir y apoyar a la comunidad humana. En efecto, toda comunicación debe estar abierta a la comunión entre las personas.
« Para llegar a ser verdaderamente hermanos y hermanas es necesario conocerse. Para conocerse es muy importante comunicarse cada vez de forma más amplia y profunda » (Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Vida fraterna en comunidad, 29). La comunicación que sirve genuinamente a la comunidad « lleva consigo algo más que la sola manifestación de ideas o expresión de sentimientos. Según su más íntima naturaleza es una entrega de sí mismo por amor » (Communio et progressio, 11: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de junio de 1971, p. 3).
Este tipo de comunicación busca el bienestar y la realización de los miembros de la comunidad dentro del respeto al bien común de todos. Pero para discernir este bien común se requieren la consulta y el diálogo. Por esta razón, es imprescindible que las partes implicadas en la comunicación social se comprometan en dicho diálogo y acepten la verdad sobre lo que es bueno. De este modo los medios de comunicación pueden cumplir su deber de « atestiguar la verdad sobre la vida, sobre la dignidad humana, sobre el verdadero sentido de nuestra libertad y mutua interdependencia » (Juan Pablo II, Mensaje para la XXXIII Jornada mundial de las comunicaciones sociales de 1999, n. 2).
IIILA COMUNICACIÓN SOCIALQUE VIOLA EL BIEN DE LA PERSONA
13. Los medios de comunicación también pueden usarse para bloquear a la comunidad y menoscabar el bien integral de las personas alienándolas, marginándolas o aislándolas; arrastrándolas hacia comunidades perversas organizadas alrededor de valores falsos y destructivos; favoreciendo la hostilidad y el conflicto; criticando excesivamente a los demás y creando la mentalidad de «nosotros» contra « ellos »; presentando lo que es soez y degradante con un aspecto atractivo e ignorando o ridiculizando lo que eleva y ennoblece. Pueden difundir noticias falsas y desinformación, favoreciendo la trivialidad y la banalidad. Los tópicos —basados en la raza y en la pertenencia étnica, en el sexo, en la edad y en otros factores, incluyendo la religión— son tristemente comunes en los medios de comunicación. Además, con frecuencia la comunicación social descuida lo que es auténticamente nuevo e importante, incluyendo la Buena Nueva del Evangelio, y se concentra en lo que está de moda o en lo excéntrico.
Existen abusos en cada una de las áreas que acabamos de mencionar.
14. Económicos. Los medios de comunicación se usan a veces para construir y apoyar sistemas económicos que sirven a la codicia y a la avidez. El neoliberalismo es un caso típico: « Haciendo referencia a una concepción economicista del hombre, considera las ganancias y las leyes del mercado como parámetros absolutos, en detrimento de la dignidad y del respeto de las personas y los pueblos » (Juan Pablo II, Ecclesia in America, 56). En dichas circunstancias, los medios de comunicación, que deben beneficiar a todos, son explotados en provecho de unos pocos.
El proceso de globalización « puede crear oportunidades extraordinarias de mayor bienestar » (Centesimus annus, 58); pero con él, e incluso como parte de él, algunas naciones y pueblos sufren la explotación y la marginación, quedándose cada vez más atrás en la lucha por el desarrollo. Estas bolsas de miseria cada vez más amplias en medio de la abundancia son semilleros de envidia, resentimiento, tensión y conflicto. Esto subraya la necesidad de « adecuados órganos internacionales de control y de guía válidos, que orienten la economía misma hacia el bien común » (Centesimus annus, 58).
Frente a graves injusticias, no basta que los comunicadores digan simplemente que su trabajo consiste en referir las cosas tal como son. Eso es indudablemente su tarea. Pero algunos casos de sufrimiento humano son en gran parte ignorados por los medios de comunicación, mientras informan acerca de otros; y en la medida en que esto refleja una decisión de los comunicadores, también refleja una selectividad inadmisible. De forma más fundamental aún, las estructuras y las políticas de comunicación y la distribución de tecnología son factores que hacen que algunas personas sean « ricas en información » y otras « pobres en información », en una época en que la prosperidad, e incluso la supervivencia, depende de la información.
Por tanto, de este modo los medios de comunicación a menudo contribuyen a las injusticias y desequilibrios que causan el sufrimiento sobre el que informan: « Hay que romper las barreras y los monopolios que colocan a tantos pueblos al margen del desarrollo, y asegurar a todos —individuos y naciones— las condiciones básicas que les permitan participar en dicho desarrollo » (Centesimus annus, 35). La tecnología de las comunicaciones y la información, junto con la formación para su uso, es una de esas condiciones básicas.
15. Políticos. Los políticos sin escrúpulos usan los medios de comunicación para la demagogia y el engaño, apoyando políticas injustas y regímenes opresivos. Ridiculizan a sus adversarios y sistemáticamente distorsionan y anulan la verdad por medio de la propaganda y de planteamientos falsamente tranquilizadores. En este caso, más que unir a las personas, los medios de comunicación sirven para separarlas, creando tensiones y sospechas que constituyen gérmenes de nuevos conflictos.
Incluso en países con sistemas democráticos, también es frecuente que los líderes políticos manipulen la opinión pública a través de los medios de comunicación, en vez de promover una participación informada en los procesos políticos. Se observan los convencionalismos de la democracia, pero ciertas técnicas copiadas de la publicidad y de las relaciones públicas se despliegan en nombre de políticas que explotan a grupos particulares y violan los derechos fundamentales, incluso el derecho a la vida (cf. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 70).
A menudo, también los medios de comunicación difunden el relativismo ético y el utilitarismo, que caracterizan la actual cultura de la muerte. Participan en la contemporánea « conjura contra la vida », « creando en la opinión pública una cultura que presenta el recurso a la anticoncepción, la esterilización, el aborto y la misma eutanasia como un signo de progreso y conquista de libertad, mientras muestran como enemigas de la libertad y del progreso las posiciones incondicionales a favor de la vida » (Evangelium vitae, 17).
16. Culturales. La crítica condena con frecuencia la superficialidad y el mal gusto de los medios de comunicación que, sin estar obligados a la estrechez de miras o la uniformidad, no deberían tampoco caer en la vulgaridad o la degradación. No sirve de excusa afirmar que los medios de comunicación social reflejan las costumbres populares, dado que también ejercen una poderosa influencia sobre esas costumbres, y, por ello, tienen el grave deber de elevarlas y no degradarlas.
El problema presenta diversos aspectos. Uno de ellos se refiere a los temas complejos, cuando en vez de ser presentados con esmero y veracidad, los noticiarios los evitan o los simplifican excesivamente. Otro serían los programas de entretenimiento de tipo corruptor y deshumanizante, que incluyen y explotan temas relacionados con la sexualidad y la violencia. Es una grave irresponsabilidad ignorar o disimular el hecho de que « la pornografía y la violencia sádica deprecian la sexualidad, pervierten las relaciones humanas, explotan a los individuos —especialmente a las mujeres y a los niños—, destruyen el matrimonio y la vida familiar, inspiran actitudes antisociales y debilitan la fibra moral de la sociedad » (Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Pornografía y violencia en las comunicaciones sociales: una respuesta pastoral, 10).
En el ámbito internacional, el dominio cultural impuesto a través de los medios de comunicación social también constituye un problema cada vez más serio. En algunos lugares las expresiones de la cultura tradicional están virtualmente excluidas del acceso a los medios populares de comunicación y corren el riesgo de desaparecer; mientras tanto, los valores de las sociedades ricas y secularizadas suplantan cada vez más los valores tradicionales de las sociedades menos ricas y poderosas. Teniendo esto en cuenta, habría que prestar particular atención a los niños y jóvenes, proporcionándoles programas que les permitan tener un contacto vivo con su herencia cultural.
Es de desear que la comunicación se haga según modelos culturales. Las sociedades pueden y deben aprender unas de otras. Pero la comunicación transcultural no debería realizarse en detrimento de las más débiles. Hoy « incluso las culturas menos extendidas no están aisladas. Se benefician de intercambios cada vez mayores, y al mismo tiempo sufren presiones ejercidas por una fuerte corriente uniformadora » (Para una pastoral de la cultura, 33). El hecho de que un gran número de informaciones fluya actualmente en una única dirección —desde las naciones desarrolladas hacia las naciones en vías de desarrollo y pobres— plantea serias cuestiones éticas. ¿Los ricos no tienen nada que aprender de los pobres? ¿Los potentes son sordos a la voz de los débiles?
17. Educativos. En lugar de promover la enseñanza, los medios de comunicación pueden distraer a la gente y llevarla a perder el tiempo. De este modo, los más perjudicados son los niños y los jóvenes, pero los adultos también sufren esa influencia de programas banales e inútiles. Una de las causas de este abuso de confianza por parte de los comunicadores es la avidez, que pone el lucro por encima de las personas.
De igual modo, los medios de comunicación se usan en algunas ocasiones como instrumentos de adoctrinamiento, con la intención de controlar lo que la gente sabe y negarle el acceso a la información que las autoridades no quieren que tenga. Ésta es una perversión de la educación auténtica, que se esfuerza por ampliar el conocimiento y la capacidad de las personas y ayudarles a perseguir propósitos elevados, sin limitar sus horizontes y sin aprovechar sus energías al servicio de ideologías.
18. Religiosos. En la relación entre los medios de comunicación social y la religión existen tentaciones por ambas partes.
Entre las tentaciones de los medios de comunicación están el ignorar o marginar las ideas y las experiencias religiosas; tratar a la religión con incomprensión, quizá hasta con desprecio, como un objeto de curiosidad que no merece una atención seria; promover las modas religiosas con menoscabo de la fe tradicional; tratar a los grupos religiosos legítimos con hostilidad; valorar la religión y la experiencia religiosa según criterios mundanos de lo que debe ser; preferir las concepciones religiosas que corresponden a los gustos seculares a las que no corresponden; y tratar de encerrar la trascendencia dentro de los confines del racionalismo y el escepticismo. Los actuales medios de comunicación reflejan la situación posmoderna del espíritu humano, encerrado « dentro de los límites de su propia inmanencia, sin ninguna referencia a lo trascendente » (Fides et ratio, 81).
Por su parte, la religión puede tener tentaciones como formarse un juicio exclusivamente crítico y negativo de los medios de comunicación; no comprender que los criterios razonables de un buen uso de los medios de comunicación, como son la objetividad y la imparcialidad, pueden excluir un trato especial para los intereses institucionales de la religión; presentar los mensajes religiosos con un estilo emotivo y manipulado, como si fueran productos que compiten en un mercado saturado; usar los medios de comunicación como instrumentos para el control y el dominio; practicar innecesariamente el secreto, por lo demás pecando contra la verdad; minimizar la exigencia evangélica de conversión, arrepentimiento y cambio de vida, sustituyéndola con una religiosidad tibia que pide poco a la gente; e impulsar el integrismo, el fanatismo y el exclusivismo religioso, que fomentan el desprecio y la hostilidad hacia los demás.
19. En síntesis, los medios de comunicación pueden usarse para el bien o para el mal; es cuestión de elegir. « No conviene olvidar que la comunicación a través de los medios de comunicación social no es un ejercicio práctico dirigido sólo a motivar, persuadir o vender. Mucho menos, un vehículo para la ideología. Los medios de comunicación pueden a veces reducir a los seres humanos a simples unidades de consumo, o a grupos rivales de interés; también pueden manipular a los espectadores, lectores y oyentes, considerándolos meras cifras de las que se obtienen ventajas, sea en venta de productos sea en apoyo político. Y todo ello destruye la comunidad. La tarea de la comunicación es unir a las personas y enriquecer su vida, no aislarlas ni explotarlas. Los medios de comunicación social, usados correctamente, pueden ayudar a crear y apoyar una comunidad humana basada en la justicia y la caridad; y, en la medida en que lo hagan, serán signos de esperanza »
(Juan Pablo II, Mensaje para la XXXII Jornada mundial de las comunicaciones sociales de 1998, n. 4).
Ciudad del Vaticano, 4 de Junio del 2000, Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, Jubileo de los Periodistas.
lunes, 22 de octubre de 2007
jueves, 18 de octubre de 2007
GLOBALIZACION Y COMUNICACIÓN UNA RELACION "FUERA DE LUGAR"
Por: Dr. Rossana Reguillo
....es importante tomar en serio las metáforas espaciales: las posiciones normativas de "adentro" (vs. "afuera") y "adelante" (vs. "atrás") necesario son monopolizadas por el centro. La presencia o ausencia de modernidad, se puede determinar sólo desde ese centro. Nadie sugiere ni favorece el reconocimiento, por ejemplo, de formas alternativas o emergentes o contrarias a la modernidad, o de formaciones que derivan simultáneamente procesos históricos dentro y fuera de la modernidad.
Mary Louise Pratt
Es inevitable, por más que se intente escapar al clima milenarista que marca el reloj occidental, estamos atrapados por una serie de rituales de introspección que demandan la revisión de lo que ha sido y lo que será, desde el umbral de un presente en crisis. Sin embargo, más allá del simulacro que puede representar la utilización del 2000 como pretexto de sentida constricción, arrepentimientos varios y promesas de cambio, hay en estos momentos, razones de peso para intentar una revisión de fondo de los saberes, sentimientos y procederes que nos han traído hasta esta orilla de la historia y parecen colocarnos ante la falsa disyuntiva de conservarlo todo o todo transformarlo.
Si en el final del siglo XIX se desencantaron las imágenes religiosas del mundo, el siglo que termina, nos deja varios desencantos y muchas interrogantes: la ciencia y la técnica propias de la sociedad industrial del siglo XX, se enfrentan al cuestionamiento y a la crítica por las promesas incumplidas; los sistemas políticos tradicionales caen en el descrédito y se ven rebasados por la sociedad; las imágenes que definieron los roles masculinos y femeninos no se corresponden ya con la organización social del mundo actual; los grandes medios de comunicación le disputan a las instituciones tradicionales el papel protagónico en los procesos de socialización y se constituyen en los espacios claves de la política; la precarización del empleo, el aumento brutal de las desigualdades; el regreso de fundamentalismos de muy distinto cuño y la sensación generalizada de que “el tiempo se acaba”, son elementos todos, que configuran el territorio -más allá de la catástrofe o del apocalipsis-, desde el cual hay que plantear las preguntas urgentes de la comunicación.
Aunque las respuestas unívocas son peligrosas y pueden resultar autoritarias, me parece que el sentido de estas pregunta, pasa centralmente por la preocupación en torno a dos elementos, que en este fin de siglo, se constituyen en los ejes centrales de la transformación social: la “gente” y el espacio. Proponer una reflexión en torno a estos aspectos, es aceptar el desafío que, una sociedad en acelerados procesosde reconfiguración y las radicales transformaciones en nuestra concepción del espacio, es decir, del mundo como síntesis de personas, eventos y lugares, le plantean a la comunicación. Así pues, sociedad y mundo como espacio de posibilidad de los acontecimientos, se articulan al tercer elemento de una cartografía para fin de siglo: el tiempo, al que entenderemos de una manera simplificada como transcurso y sucesión de acontecimientos y de su trama.
Pensar la relación posible entre globalización y comunicación, implica un doble desafío. De un lado, pensar por "fuera de los lugares habituales", es decir, descentrar -como diría Martín Barbero- el lugar de la mirada, en tanto la globalización reinventa la noción de lugar. Pero de otro lado, es fundamental, enfatizar que el tiempo, el espacio y la organización social, son construcciones históricas, por tanto culturales, lo que supone que las preguntas posibles están necesariamente ancladas en una manera de entender y de nombrar el mundo.
Hoy, junto a la desigualdad, a los brutales procesos económicos, a la uniformidad del mercado, la globalización también ha hecho visible la emergencia de sensibilidades múltiples y la coexistencia simultánea de formas de comprensión y comunicación que no logran encontrar su escenario de convergencia. Esto, sin duda, forma parte de las interrogantes que hoy desvelan a muchos pensadores y a más educadores. Lo que resulta claro, es que el proceso a través del cual se ha venido construyendo el conocimiento, es necesariamente histórico, aunque hoy enfrentemos la encrucijada de los cambios en la transmisión del saber. En estos tiempos globalizados y veloces, el problema no pasa tanto por el “qué” contarles”, sino en “cómo” contarles a las generaciones de relevo. Las transformaciones del mundo exigen cambios en las formas del relato.
Cómo “relatar” la globalización sin reducirla al número de McDonalds en una ciudad o a las firmas globales que se instalan localmente o a la indiscutible ubicuidad de los medios de comunicación. ¿Se puede narrar lo global, sin caer en el apocalípsis o en el optimismo desmesurado?. ¿Es lo global, destino o desafío?.
Pensar la sociedad desde la óptica de la globalización y sus proyecciones sobre el futuro de nuestras sociedades, no es tarea sencilla, especialmente en momentos en que el pensamiento crítico parece no solamente devaluado, sino constituírse en una tarea cuesta arriba que se enfrenta a fuerzas que invitan al conformismo y al olvido de la historia.
Memoria de las disoluciones
Al retomar un postulado marxista, "todo lo sólido se desvanece en el aire", Berman (1988), elaboró uno de los ensayos más críticos y lúcidos en torno a doscientos años de historia en la modernidad occidental. En este texto, el autor reflexiona sobre los “terremotos” en el arte, en la literatura, en la política, en la vida cotidiana, que en el intento de abrir la perspectiva de futuro han terminado por sacrificar el pasado y empeñar el presente, bajo la premisa de un cambio a toda costa.
Todo lo sólido se desvanece en el aire. Es precisamente ese postulado el que quisiera colocar como principal eje articulador en este ensayo, en tanto el desvanecimiento de las certidumbres, se coloca como premisa necesaria en un contexto sacudido por cambios en todos los órdenes de lo social.
Es evidente, que más allá de la retórica, la reconfiguración acelerada de la sociedad impacta también los procesos de pensamiento. En esta perspectiva una constante en el pensamiento científico, es hoy el de la "disolución de las fronteras" disciplinares. Cómo entender si no, los desafíos que la globalización le plantean a la universidad, cómo entender la importancia de las políticas urbanas en los procesos de configuración y conformación de la cultura, cómo comprender la relación entre las creencias y la cultura política, o el papel de los medios de comunicación como nuevos espacios de gestión política.
No se trata solamente de "temas", que aparentemente no tendrían relación entre sí. La discusión parte de aceptar la crisis en los saberes, la inestabilidad en la "nomenclatura" científica, mejor, en los lenguajes.
Cualquier ejercicio que aspire a entender la sociedad contemporánea, así sea desde la pequeña escala de lo comunitario, no puede prescindir de las relaciones e implicaciones nacionales y planetarias; pero en sentido inverso, tampoco es posible pensar en términos globales, sino se piensa simultáneamente en lo que estos movimientos ocasionan en los espacios nacionales y locales. El desafío es pensar el mundo como realización de lo local, y lo local como realización de lo global.
Construir una cartografía de los conceptos, de sus relaciones con "lo real", con lo que pretenden nombrar, es una tarea fundamental, sino se quiere correr el riesgo de convertir, por ejemplo, a la globalización en cómoda etiqueta para nombrar todo aquello que escapa a lo lógica que hasta hoy ha servido como brújula para entender el mundo. La globalización amenaza con transformarse en una narrativa de sentido común, que sirve para agrupar, sin clasificación, análisis o jerarquía todo aquel conjunto de procesos comunicativos, sociales, culturales, políticos y económicos que no se logran entender.
Frente a la amnesia, tan útil a los poderes dominantes, la lectura histórica de los procesos socioespaciales y políticos, permite recuperar la capacidad crítica que se requiere para entender el largo plazo en la conformación de los fenómenos que hoy denominamos "globlales". Los procesos que hoy se viven, no aparecieron ayer, estamos ante fenómenos de larga duración que hunden sus raíces en el tiempo. Así, los saberes institucionalizados, las políticas públicas, las creencias que hoy definen y orientan la vida social de maneras diversas y complejas, son siempre resultado de procesos históricos.
Nuevos lugares: el afuera y el atrás
Si algo puede afirmarse con relativa certeza en el umbral del nuevo milenio, es el de la paulatina pero constante transformación, deslizamiento y desdibujamiento de los escenarios tradicionales de la vida social. La política, por ejemplo, se escapó de los recintos sagrados del poder (el palacio, el congreso, el sindicato, el partido) y estalló en distintos lugares, la calle, la televisión, la casa, haciendo emerger un conjunto de actores sociales cuya novedad reside en el modo en cómo estos nuevos actores se apropiaron de la palabra incautada y de algunos de los símbolos administrados por el poder para reinventarlos: los movimientos estudiantiles de la segunda mitad del siglo que erosionaron con su presencia la legitimidad de un orden social basado en la autoridad incuestionable de los poderes; la presencia de los lenguajes ingobernables en la televisión y la imagen que se revierte como dispositivo de vigilancia sobre los poderes; el movimiento feminista que señaló en la década de los sesenta “lo privado es político”, haciendo con ello visible la trama de relaciones de dominación y de violencia en el ámbito de lo privado, en la casa, en las relaciones cotidianas.
Los escenarios en los que hoy transcurre la vida social no emergen de un día para otro, sino que se trata de configuraciones que expresan procesos de larga duración y de articulaciones múltiples, económicas, sociales, políticas, culturales. Un escenario no es simplemente un lugar, es siempre un lugar significado (De Certeau, 1996), y por lo tanto construido a través de la negociación o la disputa.
Bajo esta perspectiva, la pregunta por los escenarios de la comunicación tiene dos dimensiones: de un lado, el visibilidad de esos lugares significados en sus concreciones empíricas, los medios de comunicación, la vida cotidiana, la educación, la política. En esta dimensión estaríamos moviéndonos en el plano de las prácticas sociales; y de otro lado, la reflexión de los escenarios que han sido objeto de indagación y de preocupación para los estudios de la comunicación. Estaríamos aquí moviéndonos en el plano del conocimiento.
Hay una tercera implicación, no menos importante: el uso metafórico de la palabra escenario, para designar “ambientes”, “atmósferas” o “configuraciones sociales” e incluso, situaciones. Se habla por ejemplo, de un “escenario de fin de siglo” o en planificación, se proyectan “distintos escenarios”, cuyo objetivo es el de describir esa trama compleja de relaciones entre actores, sucesos, instituciones, espacios. Escenario, adquiere entonces, las connotaciones de una narrativa, que a la manera cinematográfica, proyecta imágenes en movimiento y, principalmente, configura una “atmósfera” particular.
Sabemos que, en términos generales, son las prácticas sociales las que orientan el conocimiento. Pero esto no sucede de una manera automática, ya que el pensamiento de segundo orden, es decir, el que problematiza el sentido común, que es el que aquí nos interesa y que se produce en un tiempo y en un espacio, tiene como tarea fundamental, proveer explicaciones sobre el mundo que mira. Ello significa que lo que es objeto de reflexión en el campo académico de la comunicación, responde en buena medida a las interrogantes que plantea la sociedad y es esta relación la que permite comprender los cambios, la fuerza con la que se reflexiona sobre algunas temáticas, las coincidencias en diferentes planteamientos o estudios que se realizan en ámbitos separados por distancias geográficas e incluso políticas y, especialmente, la persistencia de algunas discusiones.
Aunque no existe ningún escenario químicamente puro, para efectos de ordenar la discusión, pueden desagregarse los escenarios de la comunicación en tres tipos básicos: los escenarios geopolíticos, los socioculturales y los tecnológicos.
a) Los primeros aluden a una definición territorial y política.
b) Los socioculturales son aquellos cuya definición tiene como núcleo fundamental las formas de entender y nombrar el mundo desde un lugar social particular.
c) Los tecnológicos, se definen por la centralidad de los elementos técnicos que los constituyen.
Pese a lo arbitrario que pueda resultar la clasificación, pienso que esta manera de entender los escenarios ha marcado la comprensión de los procesos, prácticas y productos de la comunicación. En un movimiento que va de las dimensiones tecnológicas a las implicaciones geopolíticas. La consolidación de las tecnologías de comunicación operada a partir de la última mitad de este siglo, aunada al discurso del progreso y a la fascinación por el conjunto de dispositivos modernizadores, convirtió a la tecnología en un escenario clave para la comunicación, bien para adherir o bien para impugnar. La narrativa que va a organizar la atención sobre los escenarios tecnológicos, es la tendencia a pensar que
quién controla la técnica tiene control sobre el mundo social, lo cual no está lejos de la realidad. Y aún en los discursos más impugnadores como fueron los de la comunicación popular, se sobrestimó el valor de la técnica en detrimento de la cultura; los llamados medios alternativos fueron una respuesta de técnica “pobre” a los medios “ricos e imperialistas”. Prácticas y productos venían marcados de origen, por el lugar técnico de su elaboración.
Fueron los movimientos sociales en su paradójica y eterna ambigüedad, los que vinieron a señalar que algo faltaba en el razonamiento. No es que la técnica no fuera importante o que no estuviera configurando escenarios centrales para la vida social, es que los acontecimientos sociales se empeñaban en demostrar, en el caso de los medios masivos, por ejemplo, que había algo más que una mediación tecnológica y que se expresaba en los usos diferenciales o en ciertos “efectos” no previsibles, es decir, la gente no sólo veía televisión a través de un aparato, o escuchaba la radio o leía la prensa, no sólo se relacionaba con los aspectos técnicos o fabriles de los medios, lo hacía desde un lugar social determinado, es decir desde su pertenencia a una matriz cultural. Y los medios, por supuesto eran algo bastante más complejo que artefactos tecnológicos , sin restarle importancia a este aspecto.
Las creencias religiosas, las adscripciones políticas, las identidades culturales, las diferencias en los estratos sociales, la educación, las pertenencias grupales, vinieron a configurar nuevos escenarios para la comunicación. Es decir, nuevos lugares de atención, lugares significativos para pensar la comunicación.
Para entender el papel de los medios se hacía necesario entender las múltiples formas de interacción de la gente con esos medios. Es la narrativa de la diferencia cultural la que va a organizar la atención sobre estos “nuevos” escenarios de la comunicación.
Sin minimizar la importancia del descubrimiento de la veta de la cultura para la comunicación, es importante decir que la fascinación acrítica por la diferencia cultural puede convertirse en un argumento muy tramposo cuando se la piensa al margen de los procesos sociales más amplios o independientemente del contexto que la produce. Son los procesos sociopolíticos y paradójicamente, la aceleración de la tecnología, los que van a configurar un tercer escenario, el geopolítico. La globalización, como contexto de la interconexión (desigual y desnivelada, eso sí) entre las diferentes regiones del planeta, vino a poner en crisis la organización tradicional de las coordenadas políticas y geográficas del mundo y con ello, las preguntas para la comunicación.
El mundo se desterritorializa, es cierto, con respecto al quiebre de un centro con la periferia, con respecto al discurso de un mercado que se globaliza, con respecto de internet y sus redes virtuales, pero sólo para volver a relocalizarse, a reterritorializarse, es decir a establecer sus nuevas coordenadas de operación.
La reorganización geopolítica del mundo genera nuevas exclusiones, da forma a un conjunto de valores, propone símbolos, da paso a nuevas formas de comunicación y engendra sus mecanismos de dominación. Esto no desaparece el territorio (ni lo convierte en un “no lugar”, a la manera de Auge), lo reconfigura. Si hay algo que va quedando claro es que los “nuevos” escenarios de la comunicación crean nuevas fronteras y se trata de procesos que no están allá afuera, que nos sean ajenos y lejanos. Así, los escenarios de la comunicación no son la expresión inocente de un conjunto de elementos. Sino una posibilidad compleja y para la que hoy, tenemos herramientas que posibilitan una mirada densa sobre los procesos de comunicación, sin reducirla a la tecnología, sin deslizarnos por las pendientes culturalistas, ni caer en el fatalismo. Pensar la comunicación es pensar en procesos múltiplemente relacionados y en interacción dinámica. Para ello, creo, resulta necesario entender las viejas configuraciones de los nuevos escenarios, lo que significa ante todo, historizar nuestra comprensión de los procesos comunicativos.
Operadores del cambio: desde abajo y sin centro
Ni las mujeres, ni los indígenas o los jóvenes, los homosexuales o los consumidores, los migrantes o los movimientos ciudadanos, son propiamente nuevos actores sociales, lo que de alguna manera es nuevo es la visibilidad y protagonismo que estos actores sociales adquieren en la vida contemporánea. Se trata de “presencias” que han venido a modificar las relaciones sociales y el orden tradicional de la sociedad, no por el hecho de hacerse visibles, sino porque, al ser portadores de otras maneras de entender el mundo, cuestionan, de fondo, el acuerdo social. La idea que voy a plantear puede ser motivo de discusión, pero estoy convencida, convencimiento anclado en varios años de investigación empírica, de que es la alteridad negada, es decir, los que siempre fueron “los otros”, el otro marginal, el otro subordinado, los que han venido a poner en crisis la sensibilidad, los esquemas de pensamiento, las formas de organización en un mundo que optó por una racionalidad ”blanca”, “masculina”, “adulta”, “heterosexual” y “sedentaria”, por señalar algunos de los parámetros de las representaciones dominantes.
La voz, crecientemente audible, de los movimientos indígenas que reivindican su derecho a la diferencia en la igualdad, de las mujeres que acceden al espacio público, de los jóvenes que burlan la vigilancia y el control a través de sus prácticas, de aquellos que defienden el derecho a una preferencia sexual por fuera de los manuales del buen comportamiento y el nomadismo (geográfico, político, laboral) no sólo como una forma de vida sino como una alternativa de respuesta a las brutales condiciones de exclusión derivadas del sistema económico y político, irrumpen en la escena pública y colocan un conjunto de temas que vuelven evidente la debilidad de un pacto social excluyente.
Lo que resulta, en este nivel, pertinente y relevante para la comunicación, son entonces los proyectos de que son portadores esos actores sociales o esas nuevas presencias en el espacio público. Al volverse visibles otras representaciones, otras sensibilidades y especialmente, otros proyectos sociales, se operan dos rupturas muy importantes, una en el plano del espacio mediático y otra en el plano de la socialidad: en el primer caso, se fisura el monopolio de la “voz legítima” y aunque sea por afanes de raiting, los medios deben abrirse al conjunto de expresiones sociales que conquistan espacios paulatinamente; en el segundo caso, se crean y se fortalecen redes sociales en las que la comunicación deja de operar en sentido vertical para constituirse en un recurso fundamental para la construcción de una ciudadanía activa. Lo que estas rupturas tienen en común es propiciar una atmósfera comunicativa, es decir, un escenario, en el que resulta cada vez más difícil “invisibilizar”, “descalificar” o “folklorizar” el conjunto de voces que han estado proscritas del espacio público. Por ejemplo, los movimientos indígenas en América Latina, han vuelto ineludible la discusión sobre los proyectos de nación. En el caso de México el fuerte debate en torno a la manipulación de la lucha zapatista por parte de “oscuras fuerzas” internacionales o nacionales, que dejaba entrever el argumento de que los indígenas son incapaces de pensar y hablar por sí mismos, es cada vez más insostenible; y, finalmente la representación romántica o miserabilizada del indígena del que se rescata su valor como “patrimonio histórico” o por lo “típico” de sus comidas y de sus trajes, es una operación discursiva cada vez más criticada.
Esto no significa de ninguna manera que todo sea afirmación democrática de cara a una sociedad más incluyente y mucho menos, que lo que aquí llamo “nuevas presencias” para aludir a una forma de visibilidad de ciertos actores sociales que significan un ensayo titubeante de esquemas comunicativos inéditos, sea un proceso sin conflictos. Por el contrario, hablar de actores de la comunicación en el contexto que tratado de esbozar antes, obliga necesariamente a pensar que no todas las emergencias son democráticas y que junto a las mujeres, los jóvenes, los indígenas, los movimientos ciudadanos, los defensores de los derechos humanos, emergen, en el sentido de que se hacen visibles, otro conjunto de actores que, desde sus propias posiciones, luchan por defender su o sus proyectos sociales: los fundamentalismos de cuño religioso o político, en concreto, los defensores de la moral pública; los productores, comentaristas, periodistas, locutores matutinos y nocturnos que pontifican o vociferan desde sus tribunas para impulsar o descalificar creencias y acciones; los promotores del endurecimiento de la violencia “legítima”, bajo el argumento de que sólo la “mano dura” es capaz de sacarnos de la situación de inseguridad en la que nos encontramos; y, por supuesto, de manera importante, los medios de comunicación que son hoy actores de peso completo en la lucha por la definición de los proyectos sociales.
Lo que esto significa en términos del mapa que habrá de orientar las preguntas de la comunicación en el próximo siglo, es que nunca como hoy se hizo más urgente una capacidad nomádica que permita seguir las configuraciones sociales en el curso de la misma acción y una capacidad de nuevas síntesis que permitan a profesionales y estudiosos de la comunicación integrar saberes diversos que hagan hablar a la “comunicación”, ahí donde ella se encuentra: camuflajeada en el graffitti en el muro de una ciudad cualquiera, allá donde la imagen sustituye al discurso; ahí, donde los chamanes televisivo, reinventan la
estética de la violencia, acá, en el desafío cotidiano que las jóvenes generaciones le plantean a los desconcertados profesores aferrados al “grado xerox” de la lectura como diría Monsiváis; en los esfuerzos cotidianos también, de esos profesores por encontrar puntos de contacto con estas generaciones; en las consignas, los símbolos, las marcas y cicatrices que cada movilización social despliega y exhibe para testimoniar la continuidad de la historia; en los modos distintos en que las audiencias se relacionan con los medios; en fin, en las canciones de Manú Chao, testimonio empírico de la otra globalización.
Si la política abandonó desde hace rato ya, los recintos consagrados, si la cultura es cada vez más difícilmente asible a partir del origen, si la economía define las agendas sociales, es indudable que la comunicación ha roto la “probeta”, lo que implica que la responsabilidad de los comunicadores es hacerse cargo de las proteicas formas que ella adopta en el devenir de la historia. Empresa difícil resulta hacer un “corte de caja”. Desde dónde definir lo que es nuevo, quién traza la sutil frontera entre lo viejo y lo nuevo. Lo que importa es entender que toda nueva presencia tiene su historia y es el resultado de procesos sumamente complejos, lo que significa que los actores de la comunicación son y serán siempre deudores de procesos que los trascienden: uno es siempre más que un televidente,
siempre más que un militante, más que un grafitero o un periodista, es decir, no es posible entender la comunicación al margen de la trama social más amplia.
Hace más de diez años, Jesús Martín Barbero (1987) dijo que para investigar la comunicación, había que “perder el objeto, para ganar el proceso”, creo que hoy, y él estará de acuerdo, estamos en condiciones de pensar y entender los procesos de comunicación sin que haya necesidad de perder el objeto, a condición de entender que el objeto de la comunicación no se agota en los medios ni en las tecnologías.
Horizontes abiertos
De lo local a lo global, de los medios a la calle, de la ciudad al ciberespacio, del aula al concierto de rock, de los migrantes a las comunidades tradicionales, de los creyentes a los consumidores, de los jóvenes a las mujeres, de los televidentes a los votantes, entender hoy los escenarios en los que transcurre la comunicación y a sus protagonistas, pasa por entender los regresos, las rupturas, las continuidades, las mutaciones, que la dinámica social trae aparejados.
El debilitamiento de las instituciones que la modernidad levantó frente al reacomodo de las fuerzas que operan en un contexto globalizado, configuran un escenario de disputas y negociaciones. Creo que la gran pregunta para la comunicación se ubica en la tensión entre el sistema y el actor, es decir en el conjunto de mediaciones que organizan la socialidad y el poder, en el modo en que la sociedad reconstruye y mantiene el pacto colectivo.
Hacer la historia de las presencias y los lugares de la comunicación es romper con una concepción instrumental y acercarse a un pensamiento crítico. No se trata de contar estadísticamente sobre quiénes hablamos, ni tampoco de elaborar frecuencias sobre los lugares válidos, donde sí habría comunicación. Se trata en cambio, pienso, de hacer la crítica de nuestra propia capacidad de interrogarnos sobre el mundo y de actuar en él. No solamente desde nuestra inteligencia y recursos académicos, sino también desde nuestra sensibilidad para captar los grandes y pequeños movimientos y seguirles la pista, a la manera de potentes sismógrafos sensibles a la palabra y al silencio.
La reconfiguración de los escenarios de la vida social, la disputa por la visibilidad, las estrategias de dominación, la aparente omnipotencia del mercado, el protagonismo de los grandes medios de comunicación simultáneo al fortalecimiento de las redes y otros “lugares” de la comunicación, exigen que el pensamiento se mueva en múltiples direcciones. La sociedad enfrenta un momento difíciles: creencias que dejan de corresponderse con las instituciones, convivencia cotidiana con la incertidumbre y la yuxtaposición de saberes, ciudades en guerra que experimentan el drama de un crecimiento dislocado, una producción cultural desafiada por un mundo en acelerados procesos de transformación. Todo ello es evidencia que salen al paso de cualquier observador
calificado.
Sin moralejas, pensar la globalización en la comunicación y sus articulaciones con lo social, es, quizás, entender por dónde está pasando lo que podríamos llamar la re-configuración de las identidades políticas, la búsqueda de una ciudadanía como proceso abierto a la definición.
Para América Latina, de cara a su futuro, el reconocimiento y el acceso de las distintas identidades sociales al espacio público, es de vital importancia, va en juego no sólo el derecho a la afirmación de la diferencia, sino el fundamento mismo de una democracia cuya existencia no puede pensarse ya al margen de los medios.
La consolidación de una cada vez más sofisticada tecnología con sus satélites, sus lucecitas laser, sus redes telemáticas, potencian la simultaneidad, la inmediatez y la ubicuidad de la información, trayendo consigo un creciente contacto entre sociedades diversas, entre grupos distintos. Se ha dicho que estos mecanismos van de la mano de la lógica del mercado que busca homogeneizar, uniformar el consumo, esto es indudablemente cierto, sin embargo desde un optimismo moderado puede contra argumentarse que hay cosas que escapan a esta lógica implacable y existen por fuera de la intención programadora del mercado.
El desafío que en todo caso esta posibilidad le plantea a la comunicación, es de nueva cuenta y subrayado, el no sobrevalorar el papel de los medios para las formas que asume la socialidad contemporánea, pero de otro lado, no ignorarlos o considerarlos como elementos de relleno en el análisis social. Pero quizá lo más importante y lo más difícil, sea no otorgarles una determinación a priori.
Tanto el rechazo intolerante como la entrega acrítica, están hechos de la misma sustancia: la de conferirle y otorgarle al sujeto o al objeto un poder absoluto sobre nosotros. Es necesario insistir en que a las grandes maquinarias económicas, políticas, uniformadoras e invasoras, con sus fast food, moda light y visiones soft, se oponen a la multiplicidad de re-apropiaciones locales que neutralizan el avasallador avance de la tecnología y del progreso. Sólo en la medida en que seamos capaces de entender este juego de avances y repliegues, de conquistas y pérdidas y la creciente mundialización con acentuación de valores locales, podremos abandonar los imperativos del "deber ser" para, a partir de lo que somos, imaginar (y ¿habitar?) mundos en que los diferentes grupos puedan confrontarse enriquecedoramente, achicando los territorios del desencuentro y la desigualdad, en un nuevo sentido de lo político que no disfrace la desigualdad con el discurso de la diferencia.
La globalización no es destino, es desafío. La tecnología es un medio, no un fin; la comunicación es una trama compleja de escenarios, actores, dispositivos y discursos.
BIBLIOGRAFIA:
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BERMAN, Marshall (1988) Todo lo sólido se desvanece en el aire. Siglo XXI, México.
CHAMBERS, Iain (1995): Migración, cultura, identidad. Amorrortu, Buenos Aires.
De CERTAU, Michel (1996): La invención de lo cotidiano. UIA/ITESO, México.
FUENTES, Carlos (1994): El nuevo tiempo mexicano. Aguilar, México.
FUENTES NAVARRO, Raúl (1998): La emergencia de un campo académico: continuidad utópica y estructuración científica de la investigación de la comunicación en México. ITESO/UdeG, Guadalajara.-----(1997): “Retos disciplinarios y postdisciplinarios para la investigación de la comunicación”, en: Comunicación y Sociedad, No. 31 septiembre-diciembre, DECS, UdeG, Guadalajara.
MARTIN BARBERO, Jesús (1994): Mediaciones urbanas y nuevos escenarios de comunicación, en Ciudad y cultura. Memoria, identidad y comunicación. Universidad de Antioquia, Medellín.-----(1987): De los medios a las mediaciones
MATTELART, Armand y Michel MATTELART (1997): Historia de las teorías de la comunicación. Paidós Comunicación, Barcelona.
OROZCO, GUILLERMO (1997): “Tendencias generales en la investigación de los medios. Un encuentro pendiente”, en Comunicación y Sociedad, No 30, mayo-agosto. DECS, UdeG. Guadalajara.
REGUILLO, Rossana (en prensa): "Imaginários globais, medos locais: a construçao social do medo na cidade", en Lugar Comum. Río de Janiero.
TOURAINE, Alain (1997): ¿Podremos vivir juntos? La discusión pendiente: El destino del hombre en la aldea global. FCE, Buenos Aires.
....es importante tomar en serio las metáforas espaciales: las posiciones normativas de "adentro" (vs. "afuera") y "adelante" (vs. "atrás") necesario son monopolizadas por el centro. La presencia o ausencia de modernidad, se puede determinar sólo desde ese centro. Nadie sugiere ni favorece el reconocimiento, por ejemplo, de formas alternativas o emergentes o contrarias a la modernidad, o de formaciones que derivan simultáneamente procesos históricos dentro y fuera de la modernidad.
Mary Louise Pratt
Es inevitable, por más que se intente escapar al clima milenarista que marca el reloj occidental, estamos atrapados por una serie de rituales de introspección que demandan la revisión de lo que ha sido y lo que será, desde el umbral de un presente en crisis. Sin embargo, más allá del simulacro que puede representar la utilización del 2000 como pretexto de sentida constricción, arrepentimientos varios y promesas de cambio, hay en estos momentos, razones de peso para intentar una revisión de fondo de los saberes, sentimientos y procederes que nos han traído hasta esta orilla de la historia y parecen colocarnos ante la falsa disyuntiva de conservarlo todo o todo transformarlo.
Si en el final del siglo XIX se desencantaron las imágenes religiosas del mundo, el siglo que termina, nos deja varios desencantos y muchas interrogantes: la ciencia y la técnica propias de la sociedad industrial del siglo XX, se enfrentan al cuestionamiento y a la crítica por las promesas incumplidas; los sistemas políticos tradicionales caen en el descrédito y se ven rebasados por la sociedad; las imágenes que definieron los roles masculinos y femeninos no se corresponden ya con la organización social del mundo actual; los grandes medios de comunicación le disputan a las instituciones tradicionales el papel protagónico en los procesos de socialización y se constituyen en los espacios claves de la política; la precarización del empleo, el aumento brutal de las desigualdades; el regreso de fundamentalismos de muy distinto cuño y la sensación generalizada de que “el tiempo se acaba”, son elementos todos, que configuran el territorio -más allá de la catástrofe o del apocalipsis-, desde el cual hay que plantear las preguntas urgentes de la comunicación.
Aunque las respuestas unívocas son peligrosas y pueden resultar autoritarias, me parece que el sentido de estas pregunta, pasa centralmente por la preocupación en torno a dos elementos, que en este fin de siglo, se constituyen en los ejes centrales de la transformación social: la “gente” y el espacio. Proponer una reflexión en torno a estos aspectos, es aceptar el desafío que, una sociedad en acelerados procesosde reconfiguración y las radicales transformaciones en nuestra concepción del espacio, es decir, del mundo como síntesis de personas, eventos y lugares, le plantean a la comunicación. Así pues, sociedad y mundo como espacio de posibilidad de los acontecimientos, se articulan al tercer elemento de una cartografía para fin de siglo: el tiempo, al que entenderemos de una manera simplificada como transcurso y sucesión de acontecimientos y de su trama.
Pensar la relación posible entre globalización y comunicación, implica un doble desafío. De un lado, pensar por "fuera de los lugares habituales", es decir, descentrar -como diría Martín Barbero- el lugar de la mirada, en tanto la globalización reinventa la noción de lugar. Pero de otro lado, es fundamental, enfatizar que el tiempo, el espacio y la organización social, son construcciones históricas, por tanto culturales, lo que supone que las preguntas posibles están necesariamente ancladas en una manera de entender y de nombrar el mundo.
Hoy, junto a la desigualdad, a los brutales procesos económicos, a la uniformidad del mercado, la globalización también ha hecho visible la emergencia de sensibilidades múltiples y la coexistencia simultánea de formas de comprensión y comunicación que no logran encontrar su escenario de convergencia. Esto, sin duda, forma parte de las interrogantes que hoy desvelan a muchos pensadores y a más educadores. Lo que resulta claro, es que el proceso a través del cual se ha venido construyendo el conocimiento, es necesariamente histórico, aunque hoy enfrentemos la encrucijada de los cambios en la transmisión del saber. En estos tiempos globalizados y veloces, el problema no pasa tanto por el “qué” contarles”, sino en “cómo” contarles a las generaciones de relevo. Las transformaciones del mundo exigen cambios en las formas del relato.
Cómo “relatar” la globalización sin reducirla al número de McDonalds en una ciudad o a las firmas globales que se instalan localmente o a la indiscutible ubicuidad de los medios de comunicación. ¿Se puede narrar lo global, sin caer en el apocalípsis o en el optimismo desmesurado?. ¿Es lo global, destino o desafío?.
Pensar la sociedad desde la óptica de la globalización y sus proyecciones sobre el futuro de nuestras sociedades, no es tarea sencilla, especialmente en momentos en que el pensamiento crítico parece no solamente devaluado, sino constituírse en una tarea cuesta arriba que se enfrenta a fuerzas que invitan al conformismo y al olvido de la historia.
Memoria de las disoluciones
Al retomar un postulado marxista, "todo lo sólido se desvanece en el aire", Berman (1988), elaboró uno de los ensayos más críticos y lúcidos en torno a doscientos años de historia en la modernidad occidental. En este texto, el autor reflexiona sobre los “terremotos” en el arte, en la literatura, en la política, en la vida cotidiana, que en el intento de abrir la perspectiva de futuro han terminado por sacrificar el pasado y empeñar el presente, bajo la premisa de un cambio a toda costa.
Todo lo sólido se desvanece en el aire. Es precisamente ese postulado el que quisiera colocar como principal eje articulador en este ensayo, en tanto el desvanecimiento de las certidumbres, se coloca como premisa necesaria en un contexto sacudido por cambios en todos los órdenes de lo social.
Es evidente, que más allá de la retórica, la reconfiguración acelerada de la sociedad impacta también los procesos de pensamiento. En esta perspectiva una constante en el pensamiento científico, es hoy el de la "disolución de las fronteras" disciplinares. Cómo entender si no, los desafíos que la globalización le plantean a la universidad, cómo entender la importancia de las políticas urbanas en los procesos de configuración y conformación de la cultura, cómo comprender la relación entre las creencias y la cultura política, o el papel de los medios de comunicación como nuevos espacios de gestión política.
No se trata solamente de "temas", que aparentemente no tendrían relación entre sí. La discusión parte de aceptar la crisis en los saberes, la inestabilidad en la "nomenclatura" científica, mejor, en los lenguajes.
Cualquier ejercicio que aspire a entender la sociedad contemporánea, así sea desde la pequeña escala de lo comunitario, no puede prescindir de las relaciones e implicaciones nacionales y planetarias; pero en sentido inverso, tampoco es posible pensar en términos globales, sino se piensa simultáneamente en lo que estos movimientos ocasionan en los espacios nacionales y locales. El desafío es pensar el mundo como realización de lo local, y lo local como realización de lo global.
Construir una cartografía de los conceptos, de sus relaciones con "lo real", con lo que pretenden nombrar, es una tarea fundamental, sino se quiere correr el riesgo de convertir, por ejemplo, a la globalización en cómoda etiqueta para nombrar todo aquello que escapa a lo lógica que hasta hoy ha servido como brújula para entender el mundo. La globalización amenaza con transformarse en una narrativa de sentido común, que sirve para agrupar, sin clasificación, análisis o jerarquía todo aquel conjunto de procesos comunicativos, sociales, culturales, políticos y económicos que no se logran entender.
Frente a la amnesia, tan útil a los poderes dominantes, la lectura histórica de los procesos socioespaciales y políticos, permite recuperar la capacidad crítica que se requiere para entender el largo plazo en la conformación de los fenómenos que hoy denominamos "globlales". Los procesos que hoy se viven, no aparecieron ayer, estamos ante fenómenos de larga duración que hunden sus raíces en el tiempo. Así, los saberes institucionalizados, las políticas públicas, las creencias que hoy definen y orientan la vida social de maneras diversas y complejas, son siempre resultado de procesos históricos.
Nuevos lugares: el afuera y el atrás
Si algo puede afirmarse con relativa certeza en el umbral del nuevo milenio, es el de la paulatina pero constante transformación, deslizamiento y desdibujamiento de los escenarios tradicionales de la vida social. La política, por ejemplo, se escapó de los recintos sagrados del poder (el palacio, el congreso, el sindicato, el partido) y estalló en distintos lugares, la calle, la televisión, la casa, haciendo emerger un conjunto de actores sociales cuya novedad reside en el modo en cómo estos nuevos actores se apropiaron de la palabra incautada y de algunos de los símbolos administrados por el poder para reinventarlos: los movimientos estudiantiles de la segunda mitad del siglo que erosionaron con su presencia la legitimidad de un orden social basado en la autoridad incuestionable de los poderes; la presencia de los lenguajes ingobernables en la televisión y la imagen que se revierte como dispositivo de vigilancia sobre los poderes; el movimiento feminista que señaló en la década de los sesenta “lo privado es político”, haciendo con ello visible la trama de relaciones de dominación y de violencia en el ámbito de lo privado, en la casa, en las relaciones cotidianas.
Los escenarios en los que hoy transcurre la vida social no emergen de un día para otro, sino que se trata de configuraciones que expresan procesos de larga duración y de articulaciones múltiples, económicas, sociales, políticas, culturales. Un escenario no es simplemente un lugar, es siempre un lugar significado (De Certeau, 1996), y por lo tanto construido a través de la negociación o la disputa.
Bajo esta perspectiva, la pregunta por los escenarios de la comunicación tiene dos dimensiones: de un lado, el visibilidad de esos lugares significados en sus concreciones empíricas, los medios de comunicación, la vida cotidiana, la educación, la política. En esta dimensión estaríamos moviéndonos en el plano de las prácticas sociales; y de otro lado, la reflexión de los escenarios que han sido objeto de indagación y de preocupación para los estudios de la comunicación. Estaríamos aquí moviéndonos en el plano del conocimiento.
Hay una tercera implicación, no menos importante: el uso metafórico de la palabra escenario, para designar “ambientes”, “atmósferas” o “configuraciones sociales” e incluso, situaciones. Se habla por ejemplo, de un “escenario de fin de siglo” o en planificación, se proyectan “distintos escenarios”, cuyo objetivo es el de describir esa trama compleja de relaciones entre actores, sucesos, instituciones, espacios. Escenario, adquiere entonces, las connotaciones de una narrativa, que a la manera cinematográfica, proyecta imágenes en movimiento y, principalmente, configura una “atmósfera” particular.
Sabemos que, en términos generales, son las prácticas sociales las que orientan el conocimiento. Pero esto no sucede de una manera automática, ya que el pensamiento de segundo orden, es decir, el que problematiza el sentido común, que es el que aquí nos interesa y que se produce en un tiempo y en un espacio, tiene como tarea fundamental, proveer explicaciones sobre el mundo que mira. Ello significa que lo que es objeto de reflexión en el campo académico de la comunicación, responde en buena medida a las interrogantes que plantea la sociedad y es esta relación la que permite comprender los cambios, la fuerza con la que se reflexiona sobre algunas temáticas, las coincidencias en diferentes planteamientos o estudios que se realizan en ámbitos separados por distancias geográficas e incluso políticas y, especialmente, la persistencia de algunas discusiones.
Aunque no existe ningún escenario químicamente puro, para efectos de ordenar la discusión, pueden desagregarse los escenarios de la comunicación en tres tipos básicos: los escenarios geopolíticos, los socioculturales y los tecnológicos.
a) Los primeros aluden a una definición territorial y política.
b) Los socioculturales son aquellos cuya definición tiene como núcleo fundamental las formas de entender y nombrar el mundo desde un lugar social particular.
c) Los tecnológicos, se definen por la centralidad de los elementos técnicos que los constituyen.
Pese a lo arbitrario que pueda resultar la clasificación, pienso que esta manera de entender los escenarios ha marcado la comprensión de los procesos, prácticas y productos de la comunicación. En un movimiento que va de las dimensiones tecnológicas a las implicaciones geopolíticas. La consolidación de las tecnologías de comunicación operada a partir de la última mitad de este siglo, aunada al discurso del progreso y a la fascinación por el conjunto de dispositivos modernizadores, convirtió a la tecnología en un escenario clave para la comunicación, bien para adherir o bien para impugnar. La narrativa que va a organizar la atención sobre los escenarios tecnológicos, es la tendencia a pensar que
quién controla la técnica tiene control sobre el mundo social, lo cual no está lejos de la realidad. Y aún en los discursos más impugnadores como fueron los de la comunicación popular, se sobrestimó el valor de la técnica en detrimento de la cultura; los llamados medios alternativos fueron una respuesta de técnica “pobre” a los medios “ricos e imperialistas”. Prácticas y productos venían marcados de origen, por el lugar técnico de su elaboración.
Fueron los movimientos sociales en su paradójica y eterna ambigüedad, los que vinieron a señalar que algo faltaba en el razonamiento. No es que la técnica no fuera importante o que no estuviera configurando escenarios centrales para la vida social, es que los acontecimientos sociales se empeñaban en demostrar, en el caso de los medios masivos, por ejemplo, que había algo más que una mediación tecnológica y que se expresaba en los usos diferenciales o en ciertos “efectos” no previsibles, es decir, la gente no sólo veía televisión a través de un aparato, o escuchaba la radio o leía la prensa, no sólo se relacionaba con los aspectos técnicos o fabriles de los medios, lo hacía desde un lugar social determinado, es decir desde su pertenencia a una matriz cultural. Y los medios, por supuesto eran algo bastante más complejo que artefactos tecnológicos , sin restarle importancia a este aspecto.
Las creencias religiosas, las adscripciones políticas, las identidades culturales, las diferencias en los estratos sociales, la educación, las pertenencias grupales, vinieron a configurar nuevos escenarios para la comunicación. Es decir, nuevos lugares de atención, lugares significativos para pensar la comunicación.
Para entender el papel de los medios se hacía necesario entender las múltiples formas de interacción de la gente con esos medios. Es la narrativa de la diferencia cultural la que va a organizar la atención sobre estos “nuevos” escenarios de la comunicación.
Sin minimizar la importancia del descubrimiento de la veta de la cultura para la comunicación, es importante decir que la fascinación acrítica por la diferencia cultural puede convertirse en un argumento muy tramposo cuando se la piensa al margen de los procesos sociales más amplios o independientemente del contexto que la produce. Son los procesos sociopolíticos y paradójicamente, la aceleración de la tecnología, los que van a configurar un tercer escenario, el geopolítico. La globalización, como contexto de la interconexión (desigual y desnivelada, eso sí) entre las diferentes regiones del planeta, vino a poner en crisis la organización tradicional de las coordenadas políticas y geográficas del mundo y con ello, las preguntas para la comunicación.
El mundo se desterritorializa, es cierto, con respecto al quiebre de un centro con la periferia, con respecto al discurso de un mercado que se globaliza, con respecto de internet y sus redes virtuales, pero sólo para volver a relocalizarse, a reterritorializarse, es decir a establecer sus nuevas coordenadas de operación.
La reorganización geopolítica del mundo genera nuevas exclusiones, da forma a un conjunto de valores, propone símbolos, da paso a nuevas formas de comunicación y engendra sus mecanismos de dominación. Esto no desaparece el territorio (ni lo convierte en un “no lugar”, a la manera de Auge), lo reconfigura. Si hay algo que va quedando claro es que los “nuevos” escenarios de la comunicación crean nuevas fronteras y se trata de procesos que no están allá afuera, que nos sean ajenos y lejanos. Así, los escenarios de la comunicación no son la expresión inocente de un conjunto de elementos. Sino una posibilidad compleja y para la que hoy, tenemos herramientas que posibilitan una mirada densa sobre los procesos de comunicación, sin reducirla a la tecnología, sin deslizarnos por las pendientes culturalistas, ni caer en el fatalismo. Pensar la comunicación es pensar en procesos múltiplemente relacionados y en interacción dinámica. Para ello, creo, resulta necesario entender las viejas configuraciones de los nuevos escenarios, lo que significa ante todo, historizar nuestra comprensión de los procesos comunicativos.
Operadores del cambio: desde abajo y sin centro
Ni las mujeres, ni los indígenas o los jóvenes, los homosexuales o los consumidores, los migrantes o los movimientos ciudadanos, son propiamente nuevos actores sociales, lo que de alguna manera es nuevo es la visibilidad y protagonismo que estos actores sociales adquieren en la vida contemporánea. Se trata de “presencias” que han venido a modificar las relaciones sociales y el orden tradicional de la sociedad, no por el hecho de hacerse visibles, sino porque, al ser portadores de otras maneras de entender el mundo, cuestionan, de fondo, el acuerdo social. La idea que voy a plantear puede ser motivo de discusión, pero estoy convencida, convencimiento anclado en varios años de investigación empírica, de que es la alteridad negada, es decir, los que siempre fueron “los otros”, el otro marginal, el otro subordinado, los que han venido a poner en crisis la sensibilidad, los esquemas de pensamiento, las formas de organización en un mundo que optó por una racionalidad ”blanca”, “masculina”, “adulta”, “heterosexual” y “sedentaria”, por señalar algunos de los parámetros de las representaciones dominantes.
La voz, crecientemente audible, de los movimientos indígenas que reivindican su derecho a la diferencia en la igualdad, de las mujeres que acceden al espacio público, de los jóvenes que burlan la vigilancia y el control a través de sus prácticas, de aquellos que defienden el derecho a una preferencia sexual por fuera de los manuales del buen comportamiento y el nomadismo (geográfico, político, laboral) no sólo como una forma de vida sino como una alternativa de respuesta a las brutales condiciones de exclusión derivadas del sistema económico y político, irrumpen en la escena pública y colocan un conjunto de temas que vuelven evidente la debilidad de un pacto social excluyente.
Lo que resulta, en este nivel, pertinente y relevante para la comunicación, son entonces los proyectos de que son portadores esos actores sociales o esas nuevas presencias en el espacio público. Al volverse visibles otras representaciones, otras sensibilidades y especialmente, otros proyectos sociales, se operan dos rupturas muy importantes, una en el plano del espacio mediático y otra en el plano de la socialidad: en el primer caso, se fisura el monopolio de la “voz legítima” y aunque sea por afanes de raiting, los medios deben abrirse al conjunto de expresiones sociales que conquistan espacios paulatinamente; en el segundo caso, se crean y se fortalecen redes sociales en las que la comunicación deja de operar en sentido vertical para constituirse en un recurso fundamental para la construcción de una ciudadanía activa. Lo que estas rupturas tienen en común es propiciar una atmósfera comunicativa, es decir, un escenario, en el que resulta cada vez más difícil “invisibilizar”, “descalificar” o “folklorizar” el conjunto de voces que han estado proscritas del espacio público. Por ejemplo, los movimientos indígenas en América Latina, han vuelto ineludible la discusión sobre los proyectos de nación. En el caso de México el fuerte debate en torno a la manipulación de la lucha zapatista por parte de “oscuras fuerzas” internacionales o nacionales, que dejaba entrever el argumento de que los indígenas son incapaces de pensar y hablar por sí mismos, es cada vez más insostenible; y, finalmente la representación romántica o miserabilizada del indígena del que se rescata su valor como “patrimonio histórico” o por lo “típico” de sus comidas y de sus trajes, es una operación discursiva cada vez más criticada.
Esto no significa de ninguna manera que todo sea afirmación democrática de cara a una sociedad más incluyente y mucho menos, que lo que aquí llamo “nuevas presencias” para aludir a una forma de visibilidad de ciertos actores sociales que significan un ensayo titubeante de esquemas comunicativos inéditos, sea un proceso sin conflictos. Por el contrario, hablar de actores de la comunicación en el contexto que tratado de esbozar antes, obliga necesariamente a pensar que no todas las emergencias son democráticas y que junto a las mujeres, los jóvenes, los indígenas, los movimientos ciudadanos, los defensores de los derechos humanos, emergen, en el sentido de que se hacen visibles, otro conjunto de actores que, desde sus propias posiciones, luchan por defender su o sus proyectos sociales: los fundamentalismos de cuño religioso o político, en concreto, los defensores de la moral pública; los productores, comentaristas, periodistas, locutores matutinos y nocturnos que pontifican o vociferan desde sus tribunas para impulsar o descalificar creencias y acciones; los promotores del endurecimiento de la violencia “legítima”, bajo el argumento de que sólo la “mano dura” es capaz de sacarnos de la situación de inseguridad en la que nos encontramos; y, por supuesto, de manera importante, los medios de comunicación que son hoy actores de peso completo en la lucha por la definición de los proyectos sociales.
Lo que esto significa en términos del mapa que habrá de orientar las preguntas de la comunicación en el próximo siglo, es que nunca como hoy se hizo más urgente una capacidad nomádica que permita seguir las configuraciones sociales en el curso de la misma acción y una capacidad de nuevas síntesis que permitan a profesionales y estudiosos de la comunicación integrar saberes diversos que hagan hablar a la “comunicación”, ahí donde ella se encuentra: camuflajeada en el graffitti en el muro de una ciudad cualquiera, allá donde la imagen sustituye al discurso; ahí, donde los chamanes televisivo, reinventan la
estética de la violencia, acá, en el desafío cotidiano que las jóvenes generaciones le plantean a los desconcertados profesores aferrados al “grado xerox” de la lectura como diría Monsiváis; en los esfuerzos cotidianos también, de esos profesores por encontrar puntos de contacto con estas generaciones; en las consignas, los símbolos, las marcas y cicatrices que cada movilización social despliega y exhibe para testimoniar la continuidad de la historia; en los modos distintos en que las audiencias se relacionan con los medios; en fin, en las canciones de Manú Chao, testimonio empírico de la otra globalización.
Si la política abandonó desde hace rato ya, los recintos consagrados, si la cultura es cada vez más difícilmente asible a partir del origen, si la economía define las agendas sociales, es indudable que la comunicación ha roto la “probeta”, lo que implica que la responsabilidad de los comunicadores es hacerse cargo de las proteicas formas que ella adopta en el devenir de la historia. Empresa difícil resulta hacer un “corte de caja”. Desde dónde definir lo que es nuevo, quién traza la sutil frontera entre lo viejo y lo nuevo. Lo que importa es entender que toda nueva presencia tiene su historia y es el resultado de procesos sumamente complejos, lo que significa que los actores de la comunicación son y serán siempre deudores de procesos que los trascienden: uno es siempre más que un televidente,
siempre más que un militante, más que un grafitero o un periodista, es decir, no es posible entender la comunicación al margen de la trama social más amplia.
Hace más de diez años, Jesús Martín Barbero (1987) dijo que para investigar la comunicación, había que “perder el objeto, para ganar el proceso”, creo que hoy, y él estará de acuerdo, estamos en condiciones de pensar y entender los procesos de comunicación sin que haya necesidad de perder el objeto, a condición de entender que el objeto de la comunicación no se agota en los medios ni en las tecnologías.
Horizontes abiertos
De lo local a lo global, de los medios a la calle, de la ciudad al ciberespacio, del aula al concierto de rock, de los migrantes a las comunidades tradicionales, de los creyentes a los consumidores, de los jóvenes a las mujeres, de los televidentes a los votantes, entender hoy los escenarios en los que transcurre la comunicación y a sus protagonistas, pasa por entender los regresos, las rupturas, las continuidades, las mutaciones, que la dinámica social trae aparejados.
El debilitamiento de las instituciones que la modernidad levantó frente al reacomodo de las fuerzas que operan en un contexto globalizado, configuran un escenario de disputas y negociaciones. Creo que la gran pregunta para la comunicación se ubica en la tensión entre el sistema y el actor, es decir en el conjunto de mediaciones que organizan la socialidad y el poder, en el modo en que la sociedad reconstruye y mantiene el pacto colectivo.
Hacer la historia de las presencias y los lugares de la comunicación es romper con una concepción instrumental y acercarse a un pensamiento crítico. No se trata de contar estadísticamente sobre quiénes hablamos, ni tampoco de elaborar frecuencias sobre los lugares válidos, donde sí habría comunicación. Se trata en cambio, pienso, de hacer la crítica de nuestra propia capacidad de interrogarnos sobre el mundo y de actuar en él. No solamente desde nuestra inteligencia y recursos académicos, sino también desde nuestra sensibilidad para captar los grandes y pequeños movimientos y seguirles la pista, a la manera de potentes sismógrafos sensibles a la palabra y al silencio.
La reconfiguración de los escenarios de la vida social, la disputa por la visibilidad, las estrategias de dominación, la aparente omnipotencia del mercado, el protagonismo de los grandes medios de comunicación simultáneo al fortalecimiento de las redes y otros “lugares” de la comunicación, exigen que el pensamiento se mueva en múltiples direcciones. La sociedad enfrenta un momento difíciles: creencias que dejan de corresponderse con las instituciones, convivencia cotidiana con la incertidumbre y la yuxtaposición de saberes, ciudades en guerra que experimentan el drama de un crecimiento dislocado, una producción cultural desafiada por un mundo en acelerados procesos de transformación. Todo ello es evidencia que salen al paso de cualquier observador
calificado.
Sin moralejas, pensar la globalización en la comunicación y sus articulaciones con lo social, es, quizás, entender por dónde está pasando lo que podríamos llamar la re-configuración de las identidades políticas, la búsqueda de una ciudadanía como proceso abierto a la definición.
Para América Latina, de cara a su futuro, el reconocimiento y el acceso de las distintas identidades sociales al espacio público, es de vital importancia, va en juego no sólo el derecho a la afirmación de la diferencia, sino el fundamento mismo de una democracia cuya existencia no puede pensarse ya al margen de los medios.
La consolidación de una cada vez más sofisticada tecnología con sus satélites, sus lucecitas laser, sus redes telemáticas, potencian la simultaneidad, la inmediatez y la ubicuidad de la información, trayendo consigo un creciente contacto entre sociedades diversas, entre grupos distintos. Se ha dicho que estos mecanismos van de la mano de la lógica del mercado que busca homogeneizar, uniformar el consumo, esto es indudablemente cierto, sin embargo desde un optimismo moderado puede contra argumentarse que hay cosas que escapan a esta lógica implacable y existen por fuera de la intención programadora del mercado.
El desafío que en todo caso esta posibilidad le plantea a la comunicación, es de nueva cuenta y subrayado, el no sobrevalorar el papel de los medios para las formas que asume la socialidad contemporánea, pero de otro lado, no ignorarlos o considerarlos como elementos de relleno en el análisis social. Pero quizá lo más importante y lo más difícil, sea no otorgarles una determinación a priori.
Tanto el rechazo intolerante como la entrega acrítica, están hechos de la misma sustancia: la de conferirle y otorgarle al sujeto o al objeto un poder absoluto sobre nosotros. Es necesario insistir en que a las grandes maquinarias económicas, políticas, uniformadoras e invasoras, con sus fast food, moda light y visiones soft, se oponen a la multiplicidad de re-apropiaciones locales que neutralizan el avasallador avance de la tecnología y del progreso. Sólo en la medida en que seamos capaces de entender este juego de avances y repliegues, de conquistas y pérdidas y la creciente mundialización con acentuación de valores locales, podremos abandonar los imperativos del "deber ser" para, a partir de lo que somos, imaginar (y ¿habitar?) mundos en que los diferentes grupos puedan confrontarse enriquecedoramente, achicando los territorios del desencuentro y la desigualdad, en un nuevo sentido de lo político que no disfrace la desigualdad con el discurso de la diferencia.
La globalización no es destino, es desafío. La tecnología es un medio, no un fin; la comunicación es una trama compleja de escenarios, actores, dispositivos y discursos.
BIBLIOGRAFIA:
AUGE, Marc (1994). Los no lugares: espacios del Anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Gedisa, España.
BERMAN, Marshall (1988) Todo lo sólido se desvanece en el aire. Siglo XXI, México.
CHAMBERS, Iain (1995): Migración, cultura, identidad. Amorrortu, Buenos Aires.
De CERTAU, Michel (1996): La invención de lo cotidiano. UIA/ITESO, México.
FUENTES, Carlos (1994): El nuevo tiempo mexicano. Aguilar, México.
FUENTES NAVARRO, Raúl (1998): La emergencia de un campo académico: continuidad utópica y estructuración científica de la investigación de la comunicación en México. ITESO/UdeG, Guadalajara.-----(1997): “Retos disciplinarios y postdisciplinarios para la investigación de la comunicación”, en: Comunicación y Sociedad, No. 31 septiembre-diciembre, DECS, UdeG, Guadalajara.
MARTIN BARBERO, Jesús (1994): Mediaciones urbanas y nuevos escenarios de comunicación, en Ciudad y cultura. Memoria, identidad y comunicación. Universidad de Antioquia, Medellín.-----(1987): De los medios a las mediaciones
MATTELART, Armand y Michel MATTELART (1997): Historia de las teorías de la comunicación. Paidós Comunicación, Barcelona.
OROZCO, GUILLERMO (1997): “Tendencias generales en la investigación de los medios. Un encuentro pendiente”, en Comunicación y Sociedad, No 30, mayo-agosto. DECS, UdeG. Guadalajara.
REGUILLO, Rossana (en prensa): "Imaginários globais, medos locais: a construçao social do medo na cidade", en Lugar Comum. Río de Janiero.
TOURAINE, Alain (1997): ¿Podremos vivir juntos? La discusión pendiente: El destino del hombre en la aldea global. FCE, Buenos Aires.
PUBLICIDAD ENCUBIERTA
por: Juan José Mendoza Palomino
“la mejor manera de anunciar un producto es hacerlo sin que el consumidor esté sobre aviso”
Con esta frase muchos anunciantes definen - o defienden - el uso de publicidad encubierta, la cual se convierte en un peligroso método para atacar a los competidores, pues es desleal y trata de atraer la atención de los consumidores mediante el uso de mensajes engañosos y quiebra el orden legal de la actividad publicitaria, pues con ella (la publicidad encubierta), los mensajes publicitarios se camuflan con el fin de que el consumidor no pueda detectarlos o cuando menos evitarlos con el famoso zapping.
Se produce a raíz de que el anunciante, al no encontrarse beneficiado con el uso del tradicional spot publicitario, recurre a colocar sus productos en películas o series de televisión para aumentar sus ventas, argumentando
- agencias publicitarias, anunciantes, productoras, etc. - sobre el caso, que el emplazamiento de productos o el “product placement” es una actividad de relaciones públicas y no un supuesto de publicidad, mientras que otros dicen que la colocación de productos no es más que una forma de publicidad encubierta y que viola la ley de normas de publicidad en defensa del consumidor de cualquier país en donde no sea permitida.
Una investigación en España por parte de la Confederación Estatal de Consumidores y Usuarios (CECU), detectó la presencia de 322 productos comerciales en 20 series dd producción nacional en TVE, Antena 3 y Tele 5 entre octubre de 1994 y diciembre de 1996, en donde el 28% de los productos registrados pertenecen al sector de la alimentación, especialmente lácteos y dulces y el 19 % son bebidas alcohólicas y refrescos. El CACU hizo una observación sobre la exhibición de bebidas alcohólicas y tabaco, ambas prohibidas por la legislación publicitaria española. Además considera a la publicidad encubierta un método ilegal alternativo al anuncio tradicional, afectando al espectador o consumidor ya que est` puede llegar a influir en los guiones de algunas series. Esta organización critica a la Dirección General de Telecomunicaciones (España) por no investigar la existencia `e un paco a cambio de la emisión de productos en las teleseries, por medio de una agencia especializada que busca la forma de colocar las marcas de los productos en los guiones antes del comienzo de los rodajes.
Publicidad engañosa
La publicidad engañosa puede definirse como la omisión u otra práctica que pueda desorientar a un número importante de consumidores. No es necesario probar que fueron engañados y la representación fue explícita o implícita, lo que se debe demostrar es que el anuncio creó una falsa impresión aunque sea en forma literal.
Lo que se debe entender sobre este párrafo es que la publicidad debe ser directa e informar perfectamente sobre el producto. La publicidad no sería tal si los consumidores no confían en ella porque no sólo transgrede el principio de la libre empresa basada en la “información perfecta” sino que esto puede resultar contraproducente. Pero hay que resaltar a la vez que la publicidad no es “información perfecta” porque esta siempre tiende a favorecer al anunciante y la marca. Eso es lo que le gusta a la gente, pero también hay que recordar que ellos mismos manifiestan su malestar cuando el publicista va más allá y crea falsas expectativas. La publicidad engañosa o la exagerada tiende a mejorar la imagen de los productos y no destaca las verdades acerca de los producto.
CARACTERÍSTICAS DE LA PUBLICIDAD ENCUBIERTA
· Es desleal, pues atrae consumidores mediante el engaño o la utilización de técnicas prohibidas.
· Induce al error, bien sea por acción u omisión, el anunciante mediante la publicidad encubierta genera falsas expectativas sobre los productos o servicios que se publican creando en los consumidores hábitos de consumo que de haberse conocido realmente no lo hubiesen llevado a cabo.
· Es utilizada (por el anunciante) cuando no encuentra respuesta efectiva con el uso del tradicional spot publicitario, colocando su producto en series televisivas o en el cine.
· La publicidad encubierta anuncia el producto sin que el consumidor se percate o esté sobre aviso. Estos mensajes se camuflan para que no sean detectados fácilmente por el consumidor.
Fuente: www.eka.com.es
PERÚ: CRITERIO PARA LA IDENTIFICACIÓN DE CASOS DE PUBLICIDAD ENCUBIERTA
INDECOPI
Anexo 1: Resolución N° 289-87-TDC de fecha 5 de diciembre de 1997
A) Si hubo pago o cualquier contraprestación por la publicación del anuncio:
Si el anuncio consigna los términos “publirreportaje” o “anuncio contratado” en el mismo tipo y dimensión de la letra utilizada: no se considera publicidad encubierta; pero si el medio utiliza la apariencia propia de sus notas y existen pruebas que demuestren la intencionalidad se considerará el uso de publicidad encubierta.
Ejemplo:
Un médico dice haber encontrado la cura para el cáncer al pulmón ocasionado por el consumo del tabaco, y quiere presentar su producto al mercado.
A pesar que es de interés público, si un medio le facilita una nota en donde se describen las cualidades del producto y como se puede llegar a obtenerlo, el medio tendrá que consignar el termino publirreportaje para su publicación. De lo contrario haría uso de publicidad encubierta valiéndose de la nota.
Pero en el Perú, como en muchos otros países las leyes parecen hechas al viento, aunque hay algunos medios que siguen la norma, como ejemplo tenemos el diario el Comercio que en su revista SOMOS del día Sábado 17 de Noviembre en su página N° 67 donde al extremo derecho y en vertical aparece la palabra “publirreportaje” a la nota informativa donde se anuncia el pronto lanzamiento de Clásicos del Cine, una colección de películas en formato VHS y que vendrá con el periódico abonando una suma extra por película. En este caso el anuncio es publicitario de proyección al producto que promocionarán pero no es un anuncio encubierto pues la palabra publirreportaje da entender el cometido de esa nota. Fuente: www.indecopi.org.p
“la mejor manera de anunciar un producto es hacerlo sin que el consumidor esté sobre aviso”
Con esta frase muchos anunciantes definen - o defienden - el uso de publicidad encubierta, la cual se convierte en un peligroso método para atacar a los competidores, pues es desleal y trata de atraer la atención de los consumidores mediante el uso de mensajes engañosos y quiebra el orden legal de la actividad publicitaria, pues con ella (la publicidad encubierta), los mensajes publicitarios se camuflan con el fin de que el consumidor no pueda detectarlos o cuando menos evitarlos con el famoso zapping.
Se produce a raíz de que el anunciante, al no encontrarse beneficiado con el uso del tradicional spot publicitario, recurre a colocar sus productos en películas o series de televisión para aumentar sus ventas, argumentando
- agencias publicitarias, anunciantes, productoras, etc. - sobre el caso, que el emplazamiento de productos o el “product placement” es una actividad de relaciones públicas y no un supuesto de publicidad, mientras que otros dicen que la colocación de productos no es más que una forma de publicidad encubierta y que viola la ley de normas de publicidad en defensa del consumidor de cualquier país en donde no sea permitida.
Una investigación en España por parte de la Confederación Estatal de Consumidores y Usuarios (CECU), detectó la presencia de 322 productos comerciales en 20 series dd producción nacional en TVE, Antena 3 y Tele 5 entre octubre de 1994 y diciembre de 1996, en donde el 28% de los productos registrados pertenecen al sector de la alimentación, especialmente lácteos y dulces y el 19 % son bebidas alcohólicas y refrescos. El CACU hizo una observación sobre la exhibición de bebidas alcohólicas y tabaco, ambas prohibidas por la legislación publicitaria española. Además considera a la publicidad encubierta un método ilegal alternativo al anuncio tradicional, afectando al espectador o consumidor ya que est` puede llegar a influir en los guiones de algunas series. Esta organización critica a la Dirección General de Telecomunicaciones (España) por no investigar la existencia `e un paco a cambio de la emisión de productos en las teleseries, por medio de una agencia especializada que busca la forma de colocar las marcas de los productos en los guiones antes del comienzo de los rodajes.
Publicidad engañosa
La publicidad engañosa puede definirse como la omisión u otra práctica que pueda desorientar a un número importante de consumidores. No es necesario probar que fueron engañados y la representación fue explícita o implícita, lo que se debe demostrar es que el anuncio creó una falsa impresión aunque sea en forma literal.
Lo que se debe entender sobre este párrafo es que la publicidad debe ser directa e informar perfectamente sobre el producto. La publicidad no sería tal si los consumidores no confían en ella porque no sólo transgrede el principio de la libre empresa basada en la “información perfecta” sino que esto puede resultar contraproducente. Pero hay que resaltar a la vez que la publicidad no es “información perfecta” porque esta siempre tiende a favorecer al anunciante y la marca. Eso es lo que le gusta a la gente, pero también hay que recordar que ellos mismos manifiestan su malestar cuando el publicista va más allá y crea falsas expectativas. La publicidad engañosa o la exagerada tiende a mejorar la imagen de los productos y no destaca las verdades acerca de los producto.
CARACTERÍSTICAS DE LA PUBLICIDAD ENCUBIERTA
· Es desleal, pues atrae consumidores mediante el engaño o la utilización de técnicas prohibidas.
· Induce al error, bien sea por acción u omisión, el anunciante mediante la publicidad encubierta genera falsas expectativas sobre los productos o servicios que se publican creando en los consumidores hábitos de consumo que de haberse conocido realmente no lo hubiesen llevado a cabo.
· Es utilizada (por el anunciante) cuando no encuentra respuesta efectiva con el uso del tradicional spot publicitario, colocando su producto en series televisivas o en el cine.
· La publicidad encubierta anuncia el producto sin que el consumidor se percate o esté sobre aviso. Estos mensajes se camuflan para que no sean detectados fácilmente por el consumidor.
Fuente: www.eka.com.es
PERÚ: CRITERIO PARA LA IDENTIFICACIÓN DE CASOS DE PUBLICIDAD ENCUBIERTA
INDECOPI
Anexo 1: Resolución N° 289-87-TDC de fecha 5 de diciembre de 1997
A) Si hubo pago o cualquier contraprestación por la publicación del anuncio:
Si el anuncio consigna los términos “publirreportaje” o “anuncio contratado” en el mismo tipo y dimensión de la letra utilizada: no se considera publicidad encubierta; pero si el medio utiliza la apariencia propia de sus notas y existen pruebas que demuestren la intencionalidad se considerará el uso de publicidad encubierta.
Ejemplo:
Un médico dice haber encontrado la cura para el cáncer al pulmón ocasionado por el consumo del tabaco, y quiere presentar su producto al mercado.
A pesar que es de interés público, si un medio le facilita una nota en donde se describen las cualidades del producto y como se puede llegar a obtenerlo, el medio tendrá que consignar el termino publirreportaje para su publicación. De lo contrario haría uso de publicidad encubierta valiéndose de la nota.
Pero en el Perú, como en muchos otros países las leyes parecen hechas al viento, aunque hay algunos medios que siguen la norma, como ejemplo tenemos el diario el Comercio que en su revista SOMOS del día Sábado 17 de Noviembre en su página N° 67 donde al extremo derecho y en vertical aparece la palabra “publirreportaje” a la nota informativa donde se anuncia el pronto lanzamiento de Clásicos del Cine, una colección de películas en formato VHS y que vendrá con el periódico abonando una suma extra por película. En este caso el anuncio es publicitario de proyección al producto que promocionarán pero no es un anuncio encubierto pues la palabra publirreportaje da entender el cometido de esa nota. Fuente: www.indecopi.org.p
LA PAULATINA DESAPARICION DEL CUARTO PODER
Por Guillermo Giacosa
Aunque los medios de comunicación han sido siempre, en teoría al menos, un recurso de los ciudadanos para evitar los abusos del poder, hoy es posible que esa figura se invierta y que el poder político (si es realmente democrático) tenga que transformarse en un recurso para proteger a los ciudadanos y a la sociedad contra los abusos de los medios de comunicación.
En la actualidad los medios masivos tienden a agruparse en gigantescas corporaciones con vocación planetaria. Algunos de los dueños de las comunicaciones en el mundo actual son: New Corps, Viacom, AOL Time Warner, General Electric, Microsoft, Bertelsmann, United Global Com, Disney, Telefónica, RTL Group, France Telecom, etc. Todas estas empresas, gracias a la revolución digital, han superado las barreras que antes separaban las tres formas tradicionales de comunicación:sonido, escritura e imagen. Desde entonces –analiza Ignacio Ramonet- “las empresas mediáticas se ven tentadas de conformar ´grupos´ para reunir en su seno a todos los medios de comunicación tradicionales (prensa escrita, radio, televisión), pero además a todas las actividades de lo que podríamos denominar los sectores de la cultura de masas, de la comunicación y de la información. Estas tres esferas antes eran autónomas: por un lado la cultura de masas con su lógica comercial, sus creaciones populares, sus objetivos esencialmente mercantiles; por el otro, la comunicación, en el sentido publicitario, el marketing, la propaganda, la retórica de la persuasión; y finalmente, la información con sus agencias de noticias, los boletines de radio o televisión, la prensa, los canales de información continua, en suma, el universo de todos los periodismos”.
Estas megaempresas están en condiciones de comprar los sectores mediáticos en diferentes países y presionan constantemente a los gobiernos para que anulen las leyes que impiden las concentraciones o impiden la constitución de monopolios. Medios para presionar no les faltan. Sino es el dinero será la insidia lanzada desde los medios de comunicación que dominan y que hoy pueden calificar de dictador a cualquier gobernante democrático que obstaculice sus designios, destrozar planetariamente una reputación, encumbrar a un débil mental a la categoría de genio o inventar enemigos imaginarios para asustar a la población con el mismo éxito que lo han hecho recientemente en los EEUU.
Estas megaempresas son “por su peso económico y su importancia ideológica, los principales actores de la globalización liberal”. La prensa que surja de estas corporaciones no será, seguramente, la prensa que defienda al ciudadano común de los abusos del poder, sino que será una prensa destinada a defender el orden que les permite seguir prosperando, aunque ese orden conduzca a aumentar la desocupación y la pobreza.
Un recurso de los ciudadanos debería ser, a la inversa de lo que antes ocurría, poder acudir al poder democrático para denunciar las mentiras que se esparcen universalmente contra los derechos elementales de todos los seres humanos.
Digo “debería ser” porque en la práctica el cada vez más pequeño poder político depende del cada vez más grande poder mediático y nadie, por democrática que haya sido su elección, tiene interés en suicidarse. Como se sabe funcionario que abdica ante la prepotencia del poder económico siempre sirve para otra elección
Lima, marzo del 2006
Aunque los medios de comunicación han sido siempre, en teoría al menos, un recurso de los ciudadanos para evitar los abusos del poder, hoy es posible que esa figura se invierta y que el poder político (si es realmente democrático) tenga que transformarse en un recurso para proteger a los ciudadanos y a la sociedad contra los abusos de los medios de comunicación.
En la actualidad los medios masivos tienden a agruparse en gigantescas corporaciones con vocación planetaria. Algunos de los dueños de las comunicaciones en el mundo actual son: New Corps, Viacom, AOL Time Warner, General Electric, Microsoft, Bertelsmann, United Global Com, Disney, Telefónica, RTL Group, France Telecom, etc. Todas estas empresas, gracias a la revolución digital, han superado las barreras que antes separaban las tres formas tradicionales de comunicación:sonido, escritura e imagen. Desde entonces –analiza Ignacio Ramonet- “las empresas mediáticas se ven tentadas de conformar ´grupos´ para reunir en su seno a todos los medios de comunicación tradicionales (prensa escrita, radio, televisión), pero además a todas las actividades de lo que podríamos denominar los sectores de la cultura de masas, de la comunicación y de la información. Estas tres esferas antes eran autónomas: por un lado la cultura de masas con su lógica comercial, sus creaciones populares, sus objetivos esencialmente mercantiles; por el otro, la comunicación, en el sentido publicitario, el marketing, la propaganda, la retórica de la persuasión; y finalmente, la información con sus agencias de noticias, los boletines de radio o televisión, la prensa, los canales de información continua, en suma, el universo de todos los periodismos”.
Estas megaempresas están en condiciones de comprar los sectores mediáticos en diferentes países y presionan constantemente a los gobiernos para que anulen las leyes que impiden las concentraciones o impiden la constitución de monopolios. Medios para presionar no les faltan. Sino es el dinero será la insidia lanzada desde los medios de comunicación que dominan y que hoy pueden calificar de dictador a cualquier gobernante democrático que obstaculice sus designios, destrozar planetariamente una reputación, encumbrar a un débil mental a la categoría de genio o inventar enemigos imaginarios para asustar a la población con el mismo éxito que lo han hecho recientemente en los EEUU.
Estas megaempresas son “por su peso económico y su importancia ideológica, los principales actores de la globalización liberal”. La prensa que surja de estas corporaciones no será, seguramente, la prensa que defienda al ciudadano común de los abusos del poder, sino que será una prensa destinada a defender el orden que les permite seguir prosperando, aunque ese orden conduzca a aumentar la desocupación y la pobreza.
Un recurso de los ciudadanos debería ser, a la inversa de lo que antes ocurría, poder acudir al poder democrático para denunciar las mentiras que se esparcen universalmente contra los derechos elementales de todos los seres humanos.
Digo “debería ser” porque en la práctica el cada vez más pequeño poder político depende del cada vez más grande poder mediático y nadie, por democrática que haya sido su elección, tiene interés en suicidarse. Como se sabe funcionario que abdica ante la prepotencia del poder económico siempre sirve para otra elección
Lima, marzo del 2006
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