Por: Dr. Rossana Reguillo
....es importante tomar en serio las metáforas espaciales: las posiciones normativas de "adentro" (vs. "afuera") y "adelante" (vs. "atrás") necesario son monopolizadas por el centro. La presencia o ausencia de modernidad, se puede determinar sólo desde ese centro. Nadie sugiere ni favorece el reconocimiento, por ejemplo, de formas alternativas o emergentes o contrarias a la modernidad, o de formaciones que derivan simultáneamente procesos históricos dentro y fuera de la modernidad.
Mary Louise Pratt
Es inevitable, por más que se intente escapar al clima milenarista que marca el reloj occidental, estamos atrapados por una serie de rituales de introspección que demandan la revisión de lo que ha sido y lo que será, desde el umbral de un presente en crisis. Sin embargo, más allá del simulacro que puede representar la utilización del 2000 como pretexto de sentida constricción, arrepentimientos varios y promesas de cambio, hay en estos momentos, razones de peso para intentar una revisión de fondo de los saberes, sentimientos y procederes que nos han traído hasta esta orilla de la historia y parecen colocarnos ante la falsa disyuntiva de conservarlo todo o todo transformarlo.
Si en el final del siglo XIX se desencantaron las imágenes religiosas del mundo, el siglo que termina, nos deja varios desencantos y muchas interrogantes: la ciencia y la técnica propias de la sociedad industrial del siglo XX, se enfrentan al cuestionamiento y a la crítica por las promesas incumplidas; los sistemas políticos tradicionales caen en el descrédito y se ven rebasados por la sociedad; las imágenes que definieron los roles masculinos y femeninos no se corresponden ya con la organización social del mundo actual; los grandes medios de comunicación le disputan a las instituciones tradicionales el papel protagónico en los procesos de socialización y se constituyen en los espacios claves de la política; la precarización del empleo, el aumento brutal de las desigualdades; el regreso de fundamentalismos de muy distinto cuño y la sensación generalizada de que “el tiempo se acaba”, son elementos todos, que configuran el territorio -más allá de la catástrofe o del apocalipsis-, desde el cual hay que plantear las preguntas urgentes de la comunicación.
Aunque las respuestas unívocas son peligrosas y pueden resultar autoritarias, me parece que el sentido de estas pregunta, pasa centralmente por la preocupación en torno a dos elementos, que en este fin de siglo, se constituyen en los ejes centrales de la transformación social: la “gente” y el espacio. Proponer una reflexión en torno a estos aspectos, es aceptar el desafío que, una sociedad en acelerados procesosde reconfiguración y las radicales transformaciones en nuestra concepción del espacio, es decir, del mundo como síntesis de personas, eventos y lugares, le plantean a la comunicación. Así pues, sociedad y mundo como espacio de posibilidad de los acontecimientos, se articulan al tercer elemento de una cartografía para fin de siglo: el tiempo, al que entenderemos de una manera simplificada como transcurso y sucesión de acontecimientos y de su trama.
Pensar la relación posible entre globalización y comunicación, implica un doble desafío. De un lado, pensar por "fuera de los lugares habituales", es decir, descentrar -como diría Martín Barbero- el lugar de la mirada, en tanto la globalización reinventa la noción de lugar. Pero de otro lado, es fundamental, enfatizar que el tiempo, el espacio y la organización social, son construcciones históricas, por tanto culturales, lo que supone que las preguntas posibles están necesariamente ancladas en una manera de entender y de nombrar el mundo.
Hoy, junto a la desigualdad, a los brutales procesos económicos, a la uniformidad del mercado, la globalización también ha hecho visible la emergencia de sensibilidades múltiples y la coexistencia simultánea de formas de comprensión y comunicación que no logran encontrar su escenario de convergencia. Esto, sin duda, forma parte de las interrogantes que hoy desvelan a muchos pensadores y a más educadores. Lo que resulta claro, es que el proceso a través del cual se ha venido construyendo el conocimiento, es necesariamente histórico, aunque hoy enfrentemos la encrucijada de los cambios en la transmisión del saber. En estos tiempos globalizados y veloces, el problema no pasa tanto por el “qué” contarles”, sino en “cómo” contarles a las generaciones de relevo. Las transformaciones del mundo exigen cambios en las formas del relato.
Cómo “relatar” la globalización sin reducirla al número de McDonalds en una ciudad o a las firmas globales que se instalan localmente o a la indiscutible ubicuidad de los medios de comunicación. ¿Se puede narrar lo global, sin caer en el apocalípsis o en el optimismo desmesurado?. ¿Es lo global, destino o desafío?.
Pensar la sociedad desde la óptica de la globalización y sus proyecciones sobre el futuro de nuestras sociedades, no es tarea sencilla, especialmente en momentos en que el pensamiento crítico parece no solamente devaluado, sino constituírse en una tarea cuesta arriba que se enfrenta a fuerzas que invitan al conformismo y al olvido de la historia.
Memoria de las disoluciones
Al retomar un postulado marxista, "todo lo sólido se desvanece en el aire", Berman (1988), elaboró uno de los ensayos más críticos y lúcidos en torno a doscientos años de historia en la modernidad occidental. En este texto, el autor reflexiona sobre los “terremotos” en el arte, en la literatura, en la política, en la vida cotidiana, que en el intento de abrir la perspectiva de futuro han terminado por sacrificar el pasado y empeñar el presente, bajo la premisa de un cambio a toda costa.
Todo lo sólido se desvanece en el aire. Es precisamente ese postulado el que quisiera colocar como principal eje articulador en este ensayo, en tanto el desvanecimiento de las certidumbres, se coloca como premisa necesaria en un contexto sacudido por cambios en todos los órdenes de lo social.
Es evidente, que más allá de la retórica, la reconfiguración acelerada de la sociedad impacta también los procesos de pensamiento. En esta perspectiva una constante en el pensamiento científico, es hoy el de la "disolución de las fronteras" disciplinares. Cómo entender si no, los desafíos que la globalización le plantean a la universidad, cómo entender la importancia de las políticas urbanas en los procesos de configuración y conformación de la cultura, cómo comprender la relación entre las creencias y la cultura política, o el papel de los medios de comunicación como nuevos espacios de gestión política.
No se trata solamente de "temas", que aparentemente no tendrían relación entre sí. La discusión parte de aceptar la crisis en los saberes, la inestabilidad en la "nomenclatura" científica, mejor, en los lenguajes.
Cualquier ejercicio que aspire a entender la sociedad contemporánea, así sea desde la pequeña escala de lo comunitario, no puede prescindir de las relaciones e implicaciones nacionales y planetarias; pero en sentido inverso, tampoco es posible pensar en términos globales, sino se piensa simultáneamente en lo que estos movimientos ocasionan en los espacios nacionales y locales. El desafío es pensar el mundo como realización de lo local, y lo local como realización de lo global.
Construir una cartografía de los conceptos, de sus relaciones con "lo real", con lo que pretenden nombrar, es una tarea fundamental, sino se quiere correr el riesgo de convertir, por ejemplo, a la globalización en cómoda etiqueta para nombrar todo aquello que escapa a lo lógica que hasta hoy ha servido como brújula para entender el mundo. La globalización amenaza con transformarse en una narrativa de sentido común, que sirve para agrupar, sin clasificación, análisis o jerarquía todo aquel conjunto de procesos comunicativos, sociales, culturales, políticos y económicos que no se logran entender.
Frente a la amnesia, tan útil a los poderes dominantes, la lectura histórica de los procesos socioespaciales y políticos, permite recuperar la capacidad crítica que se requiere para entender el largo plazo en la conformación de los fenómenos que hoy denominamos "globlales". Los procesos que hoy se viven, no aparecieron ayer, estamos ante fenómenos de larga duración que hunden sus raíces en el tiempo. Así, los saberes institucionalizados, las políticas públicas, las creencias que hoy definen y orientan la vida social de maneras diversas y complejas, son siempre resultado de procesos históricos.
Nuevos lugares: el afuera y el atrás
Si algo puede afirmarse con relativa certeza en el umbral del nuevo milenio, es el de la paulatina pero constante transformación, deslizamiento y desdibujamiento de los escenarios tradicionales de la vida social. La política, por ejemplo, se escapó de los recintos sagrados del poder (el palacio, el congreso, el sindicato, el partido) y estalló en distintos lugares, la calle, la televisión, la casa, haciendo emerger un conjunto de actores sociales cuya novedad reside en el modo en cómo estos nuevos actores se apropiaron de la palabra incautada y de algunos de los símbolos administrados por el poder para reinventarlos: los movimientos estudiantiles de la segunda mitad del siglo que erosionaron con su presencia la legitimidad de un orden social basado en la autoridad incuestionable de los poderes; la presencia de los lenguajes ingobernables en la televisión y la imagen que se revierte como dispositivo de vigilancia sobre los poderes; el movimiento feminista que señaló en la década de los sesenta “lo privado es político”, haciendo con ello visible la trama de relaciones de dominación y de violencia en el ámbito de lo privado, en la casa, en las relaciones cotidianas.
Los escenarios en los que hoy transcurre la vida social no emergen de un día para otro, sino que se trata de configuraciones que expresan procesos de larga duración y de articulaciones múltiples, económicas, sociales, políticas, culturales. Un escenario no es simplemente un lugar, es siempre un lugar significado (De Certeau, 1996), y por lo tanto construido a través de la negociación o la disputa.
Bajo esta perspectiva, la pregunta por los escenarios de la comunicación tiene dos dimensiones: de un lado, el visibilidad de esos lugares significados en sus concreciones empíricas, los medios de comunicación, la vida cotidiana, la educación, la política. En esta dimensión estaríamos moviéndonos en el plano de las prácticas sociales; y de otro lado, la reflexión de los escenarios que han sido objeto de indagación y de preocupación para los estudios de la comunicación. Estaríamos aquí moviéndonos en el plano del conocimiento.
Hay una tercera implicación, no menos importante: el uso metafórico de la palabra escenario, para designar “ambientes”, “atmósferas” o “configuraciones sociales” e incluso, situaciones. Se habla por ejemplo, de un “escenario de fin de siglo” o en planificación, se proyectan “distintos escenarios”, cuyo objetivo es el de describir esa trama compleja de relaciones entre actores, sucesos, instituciones, espacios. Escenario, adquiere entonces, las connotaciones de una narrativa, que a la manera cinematográfica, proyecta imágenes en movimiento y, principalmente, configura una “atmósfera” particular.
Sabemos que, en términos generales, son las prácticas sociales las que orientan el conocimiento. Pero esto no sucede de una manera automática, ya que el pensamiento de segundo orden, es decir, el que problematiza el sentido común, que es el que aquí nos interesa y que se produce en un tiempo y en un espacio, tiene como tarea fundamental, proveer explicaciones sobre el mundo que mira. Ello significa que lo que es objeto de reflexión en el campo académico de la comunicación, responde en buena medida a las interrogantes que plantea la sociedad y es esta relación la que permite comprender los cambios, la fuerza con la que se reflexiona sobre algunas temáticas, las coincidencias en diferentes planteamientos o estudios que se realizan en ámbitos separados por distancias geográficas e incluso políticas y, especialmente, la persistencia de algunas discusiones.
Aunque no existe ningún escenario químicamente puro, para efectos de ordenar la discusión, pueden desagregarse los escenarios de la comunicación en tres tipos básicos: los escenarios geopolíticos, los socioculturales y los tecnológicos.
a) Los primeros aluden a una definición territorial y política.
b) Los socioculturales son aquellos cuya definición tiene como núcleo fundamental las formas de entender y nombrar el mundo desde un lugar social particular.
c) Los tecnológicos, se definen por la centralidad de los elementos técnicos que los constituyen.
Pese a lo arbitrario que pueda resultar la clasificación, pienso que esta manera de entender los escenarios ha marcado la comprensión de los procesos, prácticas y productos de la comunicación. En un movimiento que va de las dimensiones tecnológicas a las implicaciones geopolíticas. La consolidación de las tecnologías de comunicación operada a partir de la última mitad de este siglo, aunada al discurso del progreso y a la fascinación por el conjunto de dispositivos modernizadores, convirtió a la tecnología en un escenario clave para la comunicación, bien para adherir o bien para impugnar. La narrativa que va a organizar la atención sobre los escenarios tecnológicos, es la tendencia a pensar que
quién controla la técnica tiene control sobre el mundo social, lo cual no está lejos de la realidad. Y aún en los discursos más impugnadores como fueron los de la comunicación popular, se sobrestimó el valor de la técnica en detrimento de la cultura; los llamados medios alternativos fueron una respuesta de técnica “pobre” a los medios “ricos e imperialistas”. Prácticas y productos venían marcados de origen, por el lugar técnico de su elaboración.
Fueron los movimientos sociales en su paradójica y eterna ambigüedad, los que vinieron a señalar que algo faltaba en el razonamiento. No es que la técnica no fuera importante o que no estuviera configurando escenarios centrales para la vida social, es que los acontecimientos sociales se empeñaban en demostrar, en el caso de los medios masivos, por ejemplo, que había algo más que una mediación tecnológica y que se expresaba en los usos diferenciales o en ciertos “efectos” no previsibles, es decir, la gente no sólo veía televisión a través de un aparato, o escuchaba la radio o leía la prensa, no sólo se relacionaba con los aspectos técnicos o fabriles de los medios, lo hacía desde un lugar social determinado, es decir desde su pertenencia a una matriz cultural. Y los medios, por supuesto eran algo bastante más complejo que artefactos tecnológicos , sin restarle importancia a este aspecto.
Las creencias religiosas, las adscripciones políticas, las identidades culturales, las diferencias en los estratos sociales, la educación, las pertenencias grupales, vinieron a configurar nuevos escenarios para la comunicación. Es decir, nuevos lugares de atención, lugares significativos para pensar la comunicación.
Para entender el papel de los medios se hacía necesario entender las múltiples formas de interacción de la gente con esos medios. Es la narrativa de la diferencia cultural la que va a organizar la atención sobre estos “nuevos” escenarios de la comunicación.
Sin minimizar la importancia del descubrimiento de la veta de la cultura para la comunicación, es importante decir que la fascinación acrítica por la diferencia cultural puede convertirse en un argumento muy tramposo cuando se la piensa al margen de los procesos sociales más amplios o independientemente del contexto que la produce. Son los procesos sociopolíticos y paradójicamente, la aceleración de la tecnología, los que van a configurar un tercer escenario, el geopolítico. La globalización, como contexto de la interconexión (desigual y desnivelada, eso sí) entre las diferentes regiones del planeta, vino a poner en crisis la organización tradicional de las coordenadas políticas y geográficas del mundo y con ello, las preguntas para la comunicación.
El mundo se desterritorializa, es cierto, con respecto al quiebre de un centro con la periferia, con respecto al discurso de un mercado que se globaliza, con respecto de internet y sus redes virtuales, pero sólo para volver a relocalizarse, a reterritorializarse, es decir a establecer sus nuevas coordenadas de operación.
La reorganización geopolítica del mundo genera nuevas exclusiones, da forma a un conjunto de valores, propone símbolos, da paso a nuevas formas de comunicación y engendra sus mecanismos de dominación. Esto no desaparece el territorio (ni lo convierte en un “no lugar”, a la manera de Auge), lo reconfigura. Si hay algo que va quedando claro es que los “nuevos” escenarios de la comunicación crean nuevas fronteras y se trata de procesos que no están allá afuera, que nos sean ajenos y lejanos. Así, los escenarios de la comunicación no son la expresión inocente de un conjunto de elementos. Sino una posibilidad compleja y para la que hoy, tenemos herramientas que posibilitan una mirada densa sobre los procesos de comunicación, sin reducirla a la tecnología, sin deslizarnos por las pendientes culturalistas, ni caer en el fatalismo. Pensar la comunicación es pensar en procesos múltiplemente relacionados y en interacción dinámica. Para ello, creo, resulta necesario entender las viejas configuraciones de los nuevos escenarios, lo que significa ante todo, historizar nuestra comprensión de los procesos comunicativos.
Operadores del cambio: desde abajo y sin centro
Ni las mujeres, ni los indígenas o los jóvenes, los homosexuales o los consumidores, los migrantes o los movimientos ciudadanos, son propiamente nuevos actores sociales, lo que de alguna manera es nuevo es la visibilidad y protagonismo que estos actores sociales adquieren en la vida contemporánea. Se trata de “presencias” que han venido a modificar las relaciones sociales y el orden tradicional de la sociedad, no por el hecho de hacerse visibles, sino porque, al ser portadores de otras maneras de entender el mundo, cuestionan, de fondo, el acuerdo social. La idea que voy a plantear puede ser motivo de discusión, pero estoy convencida, convencimiento anclado en varios años de investigación empírica, de que es la alteridad negada, es decir, los que siempre fueron “los otros”, el otro marginal, el otro subordinado, los que han venido a poner en crisis la sensibilidad, los esquemas de pensamiento, las formas de organización en un mundo que optó por una racionalidad ”blanca”, “masculina”, “adulta”, “heterosexual” y “sedentaria”, por señalar algunos de los parámetros de las representaciones dominantes.
La voz, crecientemente audible, de los movimientos indígenas que reivindican su derecho a la diferencia en la igualdad, de las mujeres que acceden al espacio público, de los jóvenes que burlan la vigilancia y el control a través de sus prácticas, de aquellos que defienden el derecho a una preferencia sexual por fuera de los manuales del buen comportamiento y el nomadismo (geográfico, político, laboral) no sólo como una forma de vida sino como una alternativa de respuesta a las brutales condiciones de exclusión derivadas del sistema económico y político, irrumpen en la escena pública y colocan un conjunto de temas que vuelven evidente la debilidad de un pacto social excluyente.
Lo que resulta, en este nivel, pertinente y relevante para la comunicación, son entonces los proyectos de que son portadores esos actores sociales o esas nuevas presencias en el espacio público. Al volverse visibles otras representaciones, otras sensibilidades y especialmente, otros proyectos sociales, se operan dos rupturas muy importantes, una en el plano del espacio mediático y otra en el plano de la socialidad: en el primer caso, se fisura el monopolio de la “voz legítima” y aunque sea por afanes de raiting, los medios deben abrirse al conjunto de expresiones sociales que conquistan espacios paulatinamente; en el segundo caso, se crean y se fortalecen redes sociales en las que la comunicación deja de operar en sentido vertical para constituirse en un recurso fundamental para la construcción de una ciudadanía activa. Lo que estas rupturas tienen en común es propiciar una atmósfera comunicativa, es decir, un escenario, en el que resulta cada vez más difícil “invisibilizar”, “descalificar” o “folklorizar” el conjunto de voces que han estado proscritas del espacio público. Por ejemplo, los movimientos indígenas en América Latina, han vuelto ineludible la discusión sobre los proyectos de nación. En el caso de México el fuerte debate en torno a la manipulación de la lucha zapatista por parte de “oscuras fuerzas” internacionales o nacionales, que dejaba entrever el argumento de que los indígenas son incapaces de pensar y hablar por sí mismos, es cada vez más insostenible; y, finalmente la representación romántica o miserabilizada del indígena del que se rescata su valor como “patrimonio histórico” o por lo “típico” de sus comidas y de sus trajes, es una operación discursiva cada vez más criticada.
Esto no significa de ninguna manera que todo sea afirmación democrática de cara a una sociedad más incluyente y mucho menos, que lo que aquí llamo “nuevas presencias” para aludir a una forma de visibilidad de ciertos actores sociales que significan un ensayo titubeante de esquemas comunicativos inéditos, sea un proceso sin conflictos. Por el contrario, hablar de actores de la comunicación en el contexto que tratado de esbozar antes, obliga necesariamente a pensar que no todas las emergencias son democráticas y que junto a las mujeres, los jóvenes, los indígenas, los movimientos ciudadanos, los defensores de los derechos humanos, emergen, en el sentido de que se hacen visibles, otro conjunto de actores que, desde sus propias posiciones, luchan por defender su o sus proyectos sociales: los fundamentalismos de cuño religioso o político, en concreto, los defensores de la moral pública; los productores, comentaristas, periodistas, locutores matutinos y nocturnos que pontifican o vociferan desde sus tribunas para impulsar o descalificar creencias y acciones; los promotores del endurecimiento de la violencia “legítima”, bajo el argumento de que sólo la “mano dura” es capaz de sacarnos de la situación de inseguridad en la que nos encontramos; y, por supuesto, de manera importante, los medios de comunicación que son hoy actores de peso completo en la lucha por la definición de los proyectos sociales.
Lo que esto significa en términos del mapa que habrá de orientar las preguntas de la comunicación en el próximo siglo, es que nunca como hoy se hizo más urgente una capacidad nomádica que permita seguir las configuraciones sociales en el curso de la misma acción y una capacidad de nuevas síntesis que permitan a profesionales y estudiosos de la comunicación integrar saberes diversos que hagan hablar a la “comunicación”, ahí donde ella se encuentra: camuflajeada en el graffitti en el muro de una ciudad cualquiera, allá donde la imagen sustituye al discurso; ahí, donde los chamanes televisivo, reinventan la
estética de la violencia, acá, en el desafío cotidiano que las jóvenes generaciones le plantean a los desconcertados profesores aferrados al “grado xerox” de la lectura como diría Monsiváis; en los esfuerzos cotidianos también, de esos profesores por encontrar puntos de contacto con estas generaciones; en las consignas, los símbolos, las marcas y cicatrices que cada movilización social despliega y exhibe para testimoniar la continuidad de la historia; en los modos distintos en que las audiencias se relacionan con los medios; en fin, en las canciones de Manú Chao, testimonio empírico de la otra globalización.
Si la política abandonó desde hace rato ya, los recintos consagrados, si la cultura es cada vez más difícilmente asible a partir del origen, si la economía define las agendas sociales, es indudable que la comunicación ha roto la “probeta”, lo que implica que la responsabilidad de los comunicadores es hacerse cargo de las proteicas formas que ella adopta en el devenir de la historia. Empresa difícil resulta hacer un “corte de caja”. Desde dónde definir lo que es nuevo, quién traza la sutil frontera entre lo viejo y lo nuevo. Lo que importa es entender que toda nueva presencia tiene su historia y es el resultado de procesos sumamente complejos, lo que significa que los actores de la comunicación son y serán siempre deudores de procesos que los trascienden: uno es siempre más que un televidente,
siempre más que un militante, más que un grafitero o un periodista, es decir, no es posible entender la comunicación al margen de la trama social más amplia.
Hace más de diez años, Jesús Martín Barbero (1987) dijo que para investigar la comunicación, había que “perder el objeto, para ganar el proceso”, creo que hoy, y él estará de acuerdo, estamos en condiciones de pensar y entender los procesos de comunicación sin que haya necesidad de perder el objeto, a condición de entender que el objeto de la comunicación no se agota en los medios ni en las tecnologías.
Horizontes abiertos
De lo local a lo global, de los medios a la calle, de la ciudad al ciberespacio, del aula al concierto de rock, de los migrantes a las comunidades tradicionales, de los creyentes a los consumidores, de los jóvenes a las mujeres, de los televidentes a los votantes, entender hoy los escenarios en los que transcurre la comunicación y a sus protagonistas, pasa por entender los regresos, las rupturas, las continuidades, las mutaciones, que la dinámica social trae aparejados.
El debilitamiento de las instituciones que la modernidad levantó frente al reacomodo de las fuerzas que operan en un contexto globalizado, configuran un escenario de disputas y negociaciones. Creo que la gran pregunta para la comunicación se ubica en la tensión entre el sistema y el actor, es decir en el conjunto de mediaciones que organizan la socialidad y el poder, en el modo en que la sociedad reconstruye y mantiene el pacto colectivo.
Hacer la historia de las presencias y los lugares de la comunicación es romper con una concepción instrumental y acercarse a un pensamiento crítico. No se trata de contar estadísticamente sobre quiénes hablamos, ni tampoco de elaborar frecuencias sobre los lugares válidos, donde sí habría comunicación. Se trata en cambio, pienso, de hacer la crítica de nuestra propia capacidad de interrogarnos sobre el mundo y de actuar en él. No solamente desde nuestra inteligencia y recursos académicos, sino también desde nuestra sensibilidad para captar los grandes y pequeños movimientos y seguirles la pista, a la manera de potentes sismógrafos sensibles a la palabra y al silencio.
La reconfiguración de los escenarios de la vida social, la disputa por la visibilidad, las estrategias de dominación, la aparente omnipotencia del mercado, el protagonismo de los grandes medios de comunicación simultáneo al fortalecimiento de las redes y otros “lugares” de la comunicación, exigen que el pensamiento se mueva en múltiples direcciones. La sociedad enfrenta un momento difíciles: creencias que dejan de corresponderse con las instituciones, convivencia cotidiana con la incertidumbre y la yuxtaposición de saberes, ciudades en guerra que experimentan el drama de un crecimiento dislocado, una producción cultural desafiada por un mundo en acelerados procesos de transformación. Todo ello es evidencia que salen al paso de cualquier observador
calificado.
Sin moralejas, pensar la globalización en la comunicación y sus articulaciones con lo social, es, quizás, entender por dónde está pasando lo que podríamos llamar la re-configuración de las identidades políticas, la búsqueda de una ciudadanía como proceso abierto a la definición.
Para América Latina, de cara a su futuro, el reconocimiento y el acceso de las distintas identidades sociales al espacio público, es de vital importancia, va en juego no sólo el derecho a la afirmación de la diferencia, sino el fundamento mismo de una democracia cuya existencia no puede pensarse ya al margen de los medios.
La consolidación de una cada vez más sofisticada tecnología con sus satélites, sus lucecitas laser, sus redes telemáticas, potencian la simultaneidad, la inmediatez y la ubicuidad de la información, trayendo consigo un creciente contacto entre sociedades diversas, entre grupos distintos. Se ha dicho que estos mecanismos van de la mano de la lógica del mercado que busca homogeneizar, uniformar el consumo, esto es indudablemente cierto, sin embargo desde un optimismo moderado puede contra argumentarse que hay cosas que escapan a esta lógica implacable y existen por fuera de la intención programadora del mercado.
El desafío que en todo caso esta posibilidad le plantea a la comunicación, es de nueva cuenta y subrayado, el no sobrevalorar el papel de los medios para las formas que asume la socialidad contemporánea, pero de otro lado, no ignorarlos o considerarlos como elementos de relleno en el análisis social. Pero quizá lo más importante y lo más difícil, sea no otorgarles una determinación a priori.
Tanto el rechazo intolerante como la entrega acrítica, están hechos de la misma sustancia: la de conferirle y otorgarle al sujeto o al objeto un poder absoluto sobre nosotros. Es necesario insistir en que a las grandes maquinarias económicas, políticas, uniformadoras e invasoras, con sus fast food, moda light y visiones soft, se oponen a la multiplicidad de re-apropiaciones locales que neutralizan el avasallador avance de la tecnología y del progreso. Sólo en la medida en que seamos capaces de entender este juego de avances y repliegues, de conquistas y pérdidas y la creciente mundialización con acentuación de valores locales, podremos abandonar los imperativos del "deber ser" para, a partir de lo que somos, imaginar (y ¿habitar?) mundos en que los diferentes grupos puedan confrontarse enriquecedoramente, achicando los territorios del desencuentro y la desigualdad, en un nuevo sentido de lo político que no disfrace la desigualdad con el discurso de la diferencia.
La globalización no es destino, es desafío. La tecnología es un medio, no un fin; la comunicación es una trama compleja de escenarios, actores, dispositivos y discursos.
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